martes, 4 de diciembre de 2012

RUFO ANTÓN HERNÁNDEZ, LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA (y II)

Recuerdos –evocaciones y remembranzas- de un cartero rural
en el Rincón de Ademuz


  • <En invierno, cuando llegaba al Val todavía era de noche, y tenía que ayudarme de un mechero para ver las direcciones... Entonces había (en la aldea) quince o veinte vecinos. No, no tenía problema, porque a mucha gente la conocía ya, sobre todo a los de mi edad, de haberlos visto por Ademuz, o de tratarlos en las fiestas; y si no sabía, preguntaba… Del Val de la Sabina me encaminaba hacia Mas del Olmo, subiendo por el camino viejo de herradura...; no, entonces no había carretera. Aquel camino iba por detrás del cementerio del Val, y desde allí ya comenzaba a subir por la ladera, toda la solana arriba, hasta el corral del Portillo, que está en el alto. Y de allí tiraba hacia Mas del Olmo, que estaba a unos ocho kilómetros desde el Val, dos horas de camino. Yo no seguía las curvas del sendero, no; siempre acortaba monte a través... Sí, tenía mi propio atajo. En Mas del Olmo me encontraba con otro cartero -el enlace que venía de la Puebla de San Miguel-: él tenía que repartir en Mas del Olmo y en la Puebla. Yo le daba las cartas que traía de Ademuz y él me entregaba lo de la Puebla; lo de Mas del Olmo lo recogía yo directamente del buzón, pues tenía llave: allí había otros tantos vecinos, como en el Val>.
El señor Rufo Antón Hernández (Ademuz, 1926), 2008.


La conversación deriva hacia el tema escolar en las aldeas y los niños que bajaban a Ademuz, según lo que él recuerda de entonces:
  • <En aquella época ya no habían maestros en las aldeas, ni en la Puebla... Sí, niños había, pero iban al colegio o al instituto de Ademuz: el lunes los bajaban los padres, y allí pasaban la semana, durmiendo y comiendo en Ademuz; y el viernes por la tarde se subían... Hay unos muchachos en Teruel -los Sierras, les llaman-, que se dedican a la madera, pues esos bajaban de Mas del Olmo, tres o cuatro muchachos y una muchacha. El viernes por la tarde, sus padres me daban el burro para que se les bajara, y cuando llegaba donde el Molino Nuevo, lo dejaba allí atado en la reja: entonces todavía vivían allí los molineros, aunque ya no molían. Los muchachos salían del colegio, cogían el animal, metían en el serón lo que llevaban y se subían a la aldea con sus padres. Claro, todos no montarían a la vez, se irían turnando... Y de la Puebla también bajaban seis o siete muchachos: Ignacio Azcutia, el padre de Eva –se refiere a doña Eva Mª Azcutia Marqués, actual alcaldesa de Puebla de San Miguel-, bajaba a dos de ellos. También bajaba el hijo de Pepe -el cartero de allí- y un sobrino; y una muchacha que se hizo enfermera y luego casó con un médico: ahora están en Cuenca. Por aquella época venían muchos chicos y chicas al instituto de Ademuz incluso de Chelva y otros pueblos de La Serranía, también de Alobras y Veguillas de la Sierra, de El Cuervo y Libros, que son pueblos de Teruel. Y de Val de la Sabina también bajaban, los hijos de la Pepita, y de Gabino...>.

            El señor Rufo sigue evocando el trayecto que diariamente hacía en su ruta como cartero por las aldeas de Ademuz:
  • <De Mas del Olmo me pasaba a Sesga..., normalmente bajaba por la rambla hasta el molino de Los Cuchillos, y allí cogía el camino de la aldea; en total desde Mas del Olmo había otras dos horas. Subiendo por el barranco, pensaba yo: Algún día sale por aquí una culebra y se me come... -porque por allí no pasaba nadie, más que yo-. No, nunca me salió ninguna... Por algunos trechos, para ir mejor, cortaba las aliagas del sendero, así el camino quedaba libre. Cuando venía el ingeniero y veía las matas cortadas preguntaba la causa, y el forestal le decía: Las aliagas las corta el cartero..., para no pincharse. No, yo no he conocido funcionar el molino de Los Cuchillos; pero entonces casi todo aquello estaba labrado, por los de Ademuz, Sesga y la Puebla... En Sesga había un hombre que cultivaba unos huertecicos por allí -tío Domingo, le decían- que bajaba todos los sábados a Ademuz, para comprar pan y lo que le hacía falta, y a afeitarse en la barbería de Modesto el Alguacil, que estaba en la plaza del Rabal: donde han puesto la taberna esa que hay ahora..>.
Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.
Detalle del buzón de correos de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.
  • <Cuando llegaba a Sesga repartía el correo –entonces había seis u ocho vecinos, menos que en el Val-; cogía lo que había en el buzón y me bajaba para Ademuz. De Sesga recuerdo a Fermín, el pastor -se refiere al señor Fermín Luz Yuste (Sesga, 1927)- y a su mujer, Presentación, que falleció hace poco. A Juanito, a Antonio, uno que se bajó al Puerto de Sagunto, allí vende iguales... A Urbana y Bienvenido, a Herminio, que era mozo viejo... De Sesga me bajaba hacia Ademuz por el camino antiguo, a parar al Val; otras veces iba por Los Planos de Sesga, bajando por la umbría del Villar, camino de la fuente la Canaleja, entonces el molino de Los Cuchillos quedaba a la derecha. Este camino era como ir monte a través, aunque había una miaja de senda..., la que yo hacía, claro. El mejor camino era el viejo, pero el de la Canaleja era más corto, aunque después tenía que ir saltando por las piedras de la rambla, vadeándola, porque entonces bajaba bastante más agua que ahora. De Sesga a Ademuz había dos horas más de marcha…>.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), con detalle de la parroquial -Santa Bárbara-, en lo alto (2011).


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.



Cuando llegaba a Ademuz tenía que realizar los encargos que le habían hecho los aldeanos:
  • <Como le decía, a Ademuz llegaba sobre las tres y media o cuatro de la tarde, según lo que me entretenía. Todo el mundo me conocía y la gente me daba mucha conversación, pues los de las aldeas eran gente habladora; y me hacían algún encargo. Muchas veces me daban las cajas o cartones de los medicamentos, para que el médico me hiciera la receta... Mi mujer iba al consultorio, cogía la receta y luego iba a la farmacia para comprarlos. Otras veces me encargaban un pollo, carne, pescadillas congeladas, esto y lo otro... Claro, siempre me daban alguna propina, unos más que otros, pero todos algo. Entonces no había carretera y la gente no bajaba como ahora, sobre todo las personas mayores. Cuando hicieron las pistas y llegaron los tractores la gente bajaba más, entonces me encomendaban menos cosas>.
  • <No, los médicos tampoco subían como ahora, la gente tenía que bajar aquí a Ademuz y sólo en casos muy graves subía el doctor; pero cuando subía ya se sabía que el paciente estaba mal, tanto que se moría... Don Manuel, el médico -se refiere a don Manuel Antón Blasco- subía por Riodeva, por allí había un carril hasta Mas del Olmo; o por Santa Cruz de Moya (Cuenca), vía Aras de Alpuente (Valencia) y Losilla (Teruel) hasta Puebla de San Miguel, pasando por La Hoya de la Carrasca, donde está la ermita de Santa Quiteria. Una mañana, cuando ya estaba el carril –que no era más que un camino de tierra sin asfaltar-, me encontré con don Manuel Antón, que iba a la Puebla y me montó en su coche: se iba de madrugada, antes que deshelara, y luego se volvía por Aras (de los Olmos) y Santa Cruz (de Moya). No, a don Manuel no le venía bien subir a la Puebla..., ni a ninguno. Otras veces me encontraba por las aldeas a la Guardia Civil, que subía una vez al mes; al verme me paraban y me hacían firmar, conforme habían estado por allá arriba, y ponían: “El cartero” -y yo firmaba debajo->.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.

            Ir a Puebla de San Miguel, vía Santa Cruz de Moya (Cuenca), Aras de los Olmos (Valencia) y Losilla (Teruel), pasando por Hoya de la Carrasca, donde se halla la ermita de Santa Quiteria,[1] supone un fenomenal recorrido por infames carreteras. El señor Rufo sigue diciendo:
  • <Cuando abrieron el carril me hice con una moto de 49 cc, y así subía; pero eso fue ya al final. La denominación de mi trabajo era “Enlace Rural a Caballo” y no podía decir que utilizaba ningún vehículo, porque si no me acortaban la paga... Alguna vez subía con una caballería, esto cuando tenía que cargar mucho peso; pero el macho que yo tenía era “romo”, y estos machos no son buenos para los caminos, pues se echan a perder y luego no labran bien. Para andar por los caminos son mejores los “yeguatos”, que andan como los burros. De todas formas, la cabalgadura la utilizaba mayormente en verano, pues en invierno, montado, pasaba más frío>.

            Resulta curiosa la apreciación del señor Rufo, conforme los machos “yeguatos” son más adecuados para los caminos que los “romos”… Al respecto, cabe decir que los machos “romos” son caballerías producto del cruce de caballo y burra; mientras que los “yeguatos” son hijos de yegua y burro: ambos son infecundos, no pueden reproducirse. Los más apreciados para labrar eran los “romos”, por su nobleza y docilidad; mientras que los “yeguatos” eran menos valorados, por impredecibles. Según la edad, a dichos animales se les llamaba “añojos”, hasta el año; “quincenos”, hasta los quince meses y “treintenos”, hasta los treinta. A partir de los tres años cambiaban la dentadura y ya era muy difícil averiguar su edad; sólo los tratantes expertos la podían establecer con alguna aproximación, basándose en su aspecto, pelaje y otros detalles de actitud y comportamiento. 


Vista general del caserío de Puebla de San Miguel (Valencia), desde la carretera de Losilla (Teruel) [Fotografía tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].
 


De su actividad diaria, sigue diciendo:
  • <Los domingos y festivos que no tenía que subir a las aldeas me trabajaba la tierra; sí, la poca que yo tenía. Y también al verano, porque entonces los días son más largos. Cuando me subía a las aldeas, como almuerzo me llevaba un bocadillo y algo de fruta, manzanas o lo que había del tiempo y almorzaba en Mas del Olmo, en casa de Marco –se refiere al señor Marco Yuste Novella (Mas del Olmo, 1938)-, el pedáneo, o en la de la Inés: muchas veces me daban allí un vasito de vino, o café. Pero comer siempre comía en mi casa, porque llegaba sobre las tres o las cuatro de la tarde, según...>.



Las condiciones atmosféricas fueron los peores enemigos del señor Rufo:
  • <Sí, había días que hacía mucho frío, por eso cuando repartía las cartas (los vecinos) me hacían pasar a las casas: ¡Pasa, Rufo, pasa, que hemos hecho café...! -y me tomaba una taza con un chorro de coñac-. Claro que he pasado frío en invierno. A veces salía nevando de Mas del Olmo y cuando cogía la cuesta del Val ya era agua. Otras veces salía de Ademuz y veía El Cerrellar pintando nieve y me iba, pero cuando llegaba al corral del Portillo, ya en el alto, la nieve alcanzaba dos palmos..., eso me pasó más de una vez. Lloviendo era obligado ir, pero no con nieve, porque con la nieve todo se iguala y se pierden los caminos. Para caminar llevaba unas botas que nos daban, pero al principio de ir me las compraba yo. Más que nada por el peligro de picaduras o mordeduras de víboras que hay por el monte. Nunca me ocurrió ningún percance grave; pero una vez, yendo por la umbría del Villar, tropiezo y me caigo. Y gracias, porque unos metros más abajo había un peñascal; si caigo por allí no me encuentran. Otra vez me caí con la moto, pero no me pasó nada. Vaya, entonces sólo había teléfono en la Puebla, pero no en Mas del Olmo, ni en Sesga ni en el Val...>
  • <Al principio –ya le digo- todo eran caminos de herradura, pero luego hicieron la pista que sube a Mas del Olmo y Puebla de San Miguel: era la misma que hay hoy día, pero sin asfaltar. Cuando llovía se formaban rodales de greda en los que era fácil patinar y caerse: por allí no pasaban ni los gatos... Para la lluvia llevaba un impermeable, y a veces también un paraguas. Una vez, subiendo a Mas del Olmo me pilló un chaparrón a modo de tormenta, y me metí bajo unas sabinas que hay junto al camino; tanto llovía que no podía salir: tuve allí la “mobileta” varios días parada, porque de tanto barro como había no podía llevarla a la aldea ni bajármela a Ademuz. Otra vez me pasó algo parecido por El Cerrellar, yendo con Vicente el forestal –que era de Puebla de San Miguel y tenía una moto de estas grandes de montaña-: al llegar a la altura de una finca grande de almendros, propiedad de don Manuel Antón, creyendo que podía pasar se metió y atascó, así que tuvimos que bajar y pasar como pudimos, y limpiar luego las ruedas, porque la moto no iba de tanto barro>.
  • <La gente de Ademuz, que trabajaba por la zona donde yo solía pasar, también me encargaba cosas; especialmente comida, pues algunos estaban varios días labrando. Los últimos años, cuando se jubiló el cartero de la Puebla, Pepe, que era mi enlace, entonces tenía yo que repartir el correo en Mas del Olmo y subir hasta la Puebla, repartir allí y recoger: entonces hacía todo el recorrido, pero ya tenía la moto. Aunque más de una vez pinché o se estropeaba, y tenía que dejarla allí varios días, averiada. Entonces debía subir a arreglarla, o me bajaba alguien, como una vez en que Ramón Luz, el de Sesga, nos bajó a mí y a la moto hasta Ademuz; otra vez me bajé con Vicente el Pintor, que tenía colmenas por allí. Peripecias de estas me ocurrieron muchas..., también me pillaron muchas tormentas y lluvias. Pero lo peor era el frío... Más tarde, a los carteros de Ademuz, Castiel y Torrebaja nos cambiaron el nombre del puesto de trabajo, que de “cartero rural de enlace a caballo” pasó a llamarse “cartero de clasificación y reparto”, y nos pagaban algo más; bueno...>.


Entrada al caserío de Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.
Detalle de la fachada de una casa con balcón en Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.


El aparente conformismo del señor Rufo –su resignación y entereza- se ve enaltecido por su identificación con el trabajo y su sentido de la responsabilidad:
  • <Ocurrió una vez que don Miguel, el jefe de correos de Ademuz, me dijo: Mira, Rufo, hay un telegrama urgente para Sesga, pero tú ya has hecho tu jornada de hoy..., obligación no tienen, pero es muy urgente... No me dijo la causa, sólo que era muy urgente... Pero mire, yo he sido siempre muy responsable de mi trabajo y aunque acababa de bajar de Sesga, cogí el telegrama y me volví a subir... Cuando llegué a Sesga y se lo entregué al destinatario, me enteré del contenido: era un señor de allí que había fallecido en Barcelona; y aquella misma noche se marcharon los familiares para el entierro. Si lo dejo para el día siguiente, ya hubieran llegado tarde... Otra vez, nada más empezar esto de las cartas, tuve que subir con un recado de don Antonio –se refiere a don Antonio Pérez Sesé-, el cura que había entonces en Ademuz, pues se había muerto el padre del Herminio: estaba nevando y subí con dos palmos de nieve. Primero fui a Mas del Olmo y luego a Sesga, de donde era él: Mira, de parte don Antonio, que tengo una mala noticia que darte,... tu padre se ha muerto -eso le dije-. Su padre estaba en Castellón en una residencia, donde lo había llevado don Salvador, un sacerdote hijo de Sesga -se refiere a don Salvador Pastor Pastor-, porque parece que los hijos no podían cuidarle. Entonces Herminio, nevado como estaba, bajó a Ademuz, para hablar con don Antonio...>.

            La tarde ha pasado velozmente y la habitación donde nos encontramos ha quedado medio en penumbra. Al comentarlo, Mari Luz se alza presta y levanta las persianas, cuyos ventanales recaen sobre la carretera de Vallanca. Los últimos rayos del atardecer iluminan con brillo dorado los cantiles que coronan el cerro de Horca, mientras las sombras se adueñan de la vertiente septentrional de El Sanguinar y El Trapero, unas partidas de Ademuz sobre la fuente Vieja. De esta forma damos por concluida la entrevista, pues aunque para nosotros ha sido un placer escucharle, no deseamos cansar más a nuestro interlocutor, quien termina diciendo:
  • <En el año 1991, cuando cumplí los 65 años, me jubilé..., lo recuerdo porque estando en la Exposición Universal de Sevilla (1992) ya pedí una entrada de jubilado, y me exigieron el carné. Desde entonces sólo me he dedicado al huerto y poco más. Estoy operado de ambas rodillas, debe ser de tanto andar... A veces, cuando pasaba por la carretera me encontraba con Mariano Fernández, el de la tienda, que me decía: ¡Rufo, tú no tendrás reuma, no...!. ¡Vaya, si llego a tener...! No, me lo decía en serio. Pero, fíjese si habré andado kilómetros en tantos años –cuesta arriba y cuesta abajo-, a 32 kilómetros diarios; caminando durante unas 7 horas cada jornada. Pero tengo buen recuerdo del tiempo que pasé como “cartero rural de enlace a caballo” y luego como “cartero de clasificación y reparto”, pese a los madrugones –muchos días veía salir La Chelvana para Valencia- y al frío que he pasado por esos montes. Porque lo hacía a gusto y disfrutaba con mi trabajo...>.

            El señor Rufo detiene su discurso en este punto, mientras concentra la mirada en un lugar indeterminado de sus recuerdos... Probablemente no añora las caminatas ni el frío de aquellos días, pero sí los lejanos días de su infancia y juventud, las conversaciones con los aldeanos, el silencio y los sonidos de la naturaleza, el irrecuperable tiempo pasado...

Detalle del viejo buzón de correos de Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.


Vista parcial de Sesga-Ademuz (Valencia), ca.1960 [Fotografía cedida por Ramón Luz Pastor, alcalde pedáneo de Sesga].



Palabras finales, a modo de epílogo.
Salvo mejor criterio, el mayor interés de la entrevista reside en que documenta los pequeños detalles de una actividad escasamente conocida, como era la del entrañable cartero rural, en la forma que se vino realizando en Ademuz y Castielfabib con sus aldeas y lugares durante décadas; al menos durante casi todo el siglo XIX y primera mitad del XX.
La trascripción realizada aunque literaria en su formato- se ha hecho respetado estrictamente el espíritu de la conversación mantenida, si bien conservando palabras y expresiones singulares. Los recuerdos de infancia del señor Rufo ilustran también sobre la actividad propia de muchos niños en Ademuz y Torrebaja extensiva al conjunto comarcano- durante los años de la Guerra Civil (1936-39) y posteriores, en que cuidaban ganado o ayudaban a sus padres en las faenas agrícolas. También la de muchos mayores, que usualmente se marchaban a la siega fuera de la comarca. Por causa de la guerra y circunstancias de entonces, muchos de aquellos chicos no tuvieron posibilidad de adquirir una formación académica básica; razón por la que los padres les mandaban a las clases particulares nocturnas -cuando volvían del campo o los ganados-, para que los instruyeran los maestros locales: ello refleja la preocupación de los progenitores, porque sus hijos adquirieran una educación elemental, saber leer y escribir, las cuatro reglas y algo de urbanidad.
Como tantos otros trabajadores sin tierra o con escasas propiedades, el señor Rufo tuvo que trabajar a medias y a jornal, y padeció las consecuencias de la crisis de la agricultura del minifundio: bajos precios en los productos del campo y mezquinos jornales, razones que le impulsaron a emigrar a Francia con su familia, esposa e hija. Allí estuvieron durante casi una década. El regreso se vio motivado por causas familiares, padres ancianos e hija adolescente. La vuelta, sin embargo, parece no supuso ningún trauma aparente, pues rápidamente encontró trabajo como cartero rural para las aldeas de Ademuz.
El relato de su actividad nos instruye sobre sus andanzas por los caminos que conducen a Val de la Sabina, Mas del Olmo y Sesga, y Puebla de San Miguel, evocando trayectos y parajes, caminos y veredas, su trato y solicitud con los aldeanos y las conversaciones con la gente; la meteorología, los topónimos, la antroponimia y otras cuestiones relativas a su quehacer. Llama la atención el noble carácter del personaje, su incuestionable bondad natural, la identificación con su labor y sentido de la responsabilidad, hasta el punto de volver a subir a Sesga para llevar un telegrama muy urgente, cuando su jornada ya había concluido. Su actividad como cartero vino ejerciéndola durante dos décadas, caminando unas siete horas diarias y recorriendo una media de treinta kilómetros cada jornada. Las condiciones atmosféricas no siempre fueron propicias, hasta el punto que el frío y el calor, el viento, la lluvia y la nieve fueron sus principales enemigos.

En suma: valga el presente trabajo como reseña y en reconocimiento a la labor profesional, social y humana que ejercieron durante décadas los carteros rurales del Rincón de Ademuz, personificados en el señor Rufo y su esposa, ambos hijos de Ademuz. Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



[1] SÁNCHEZ GARZÓN, A., La romería de Santa Quiteria, en Costumbres, Oficios, Fiestas y Juegos de antaño, Ababol 42 (2005) 4-12. ID., La romería de Santa Quiteria, una marcha penitencial con dimensión mundana, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 333-340.

RUFO ANTÓN HERNÁNDEZ, LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA (I)

Recuerdos –evocaciones y remembranzas- de un cartero rural
en el Rincón de Ademuz


“En invierno, cuando llegaba al Val (de la Sabina) todavía era de noche,
y tenía que ayudarme de un mechero para ver las direcciones...
Entonces había (en la aldea) quince o veinte vecinos”.




Palabras previas.
La entrada actual constituye la versión digital de una entrevista realizada hace unos años al señor Rufo Antón Hernández (Ademuz, 1926), cuyo texto original ya fue publicado en soporte papel.[1] El motivo de recuperar aquella conversación se justifica por dos motivos: el primero, por el propio interés de la misma, ya que nos ilustra acerca de una realidad desaparecida, como fue la forma de reparto del correo postal a las aldeas de Ademuz; y el segundo, porque en la versión original el artículo contenía un error en el nombre del protagonista, siendo pues esta la forma que tengo de resarcirle.
De esta forma daremos a conocer el sistema habitual y mayoritario de comunicarse con el exterior que tuvieron nuestros padres y abuelos, en estos pueblos y aldeas del Rincón de Ademuz, hasta bien avanzados los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria. Pues el cartero rural fue el recurso humano más específico de aquella forma concreta de notificarse; y las estafetas de correos con su buzón, la tradicional carta escrita a mano y el telegrama ordinario, su medio material.
Aunque someramente, sirva este texto para aproximarse al conocimiento de aquella actividad. Y como humilde homenaje a su sacrificado servicio, personalizado en la figura del entrevistado, que durante más de veinte años ejerció como “cartero rural de enlace a caballo” y como “cartero de clasificación y reparto” en Ademuz: recorriendo diariamente las aldeas ademuceñas de Val de la Sabina, Mas del Olmo y Sesga, y la villa de Puebla de San Miguel.
El señor Rufo Antón Hernández (Ademuz, 1926), 2008.



Precedentes históricos, material y método.
Antecedentes históricos de los carteros rurales en la comarca pueden verse en la bibliografía, según el texto de Pascual Madoz (1846), quien dice de Ademuz:
  • <Villa con ayuntamiento de la provincia, administración de rentas, audiencia y capitanía general de Valencia (30 horas), partido judicial y administración de rentas de Chelva, diócesis de Segorve (23): SITUACIÓN entre los confines de Aragón, Castilla y Valencia, en el territorio llamado Rincón de Ademuz, sobre la pendiente de un cerro á la márgen derecha del río Turia; [...]. Dentro de su jurisdicción, y dependientes de ella, están las aldeas siguientes: Casas-Altas 1 hora S(ur), Casas-Bajas en la misma dirección á 1 (hora y) 1/2, la de Sesga á 3 horas E(ste), la de Mas del Olmo también al E(ste), y á igual distancia que la anterior, y la del Val (de la Sabina) á 5/4 (de hora) E(ste).[...]. Los CAMINOS son todos locales, de herradura y malos. Para el servicio de la CORRESPONDENCIA hay una estafeta del 15 por 100, en la cual se reciben los correos de la capital, los martes y jueves por la noche; [...]>.[2]

Para aproximarnos al conocimiento práctico del asunto he utilizado el método etnográfico denominado “elicitación de informantes”: dicho procedimiento consiste en la entrevista a una persona conocedora del tema objeto de estudio, en este caso el mencionado señor Rufo Antón Hernández, que ejerció como cartero rural durante dos décadas, realizando su servicio diario entre Ademuz y las aldeas de su jurisdicción, extensivo a Puebla de San Miguel durante algún tiempo.
La conversación tuvo lugar en 2008 -cuando el entrevistado tenía 82 años-; y fue en su domicilio, sito en el piso alto de una casa ubicada en la carretera de Vallanca, estando conforme en que fuera grabada. A dicha reunión asistieron su esposa, la señora María y su hija María de la Luz, con quien había acordado el encuentro. A la hora convenida arribé al domicilio del señor Rufo, que me esperaba en el comedor de su casa, junto con su esposa. Tras los saludos y presentaciones expliqué al matrimonio el objeto de mi visita, “recopilar información acerca de su vida y actividad profesional como cartero rural en Ademuz”, con el propósito de escribir sobre el tema. Ambos se ofrecieron a ayudarme en lo que pudieran, proporcionándome la información que buscaba; la señora María y su hija intervinieron en varias ocasiones, puntualizando nombres, fechas y otros detalles de interés.


Vista meridional de Ademuz (Valencia), desde El Trapero (2010).

Recuerdos de infancia, Guerra Civil (1936-39) y emigración.
El señor Rufo es un hombre esencialmente bondadoso, sencillo y cordial, y no pone objeción a que grabe la entrevista –le hago saber que son mis notas de trabajo-; pero no quiere que en el artículo ponga su nombre completo, sólo las iniciales. Le explico que ello no puede ser, pues lo que me interesa es documentar la actividad con datos fehacientes, y nadie mejor que él –con su nombre y apellidos-, que ha realizado este trabajo durante tantos años, para atestiguar sobre el mismo con conocimiento de causa. Felizmente accede, aunque con reticencias. Sin embargo, las evasivas iniciales van disipándose conforme progresa la charla y adquiere confianza: 
  • <Mi nombre es Rufo Antón Hernández y nací en Ademuz el 27 de julio de 1926: ahora tengo ochenta y dos años cumplidos..., y tenía diez años cuando empezó la Guerra Civil (1936-39). Mi padre era Camilo Antón Blasco y mi madre Domina Hernández Luz, los dos de Ademuz: mire usted, mi padre y el de éste señor que llaman Ángel Antón Andrés, el catedrático que dirige la revista “Ababol”, eran primos hermanos..., y nosotros primos segundos. Y el padre del señor Ángel y el de don Manuel Antón Blasco, que fue médico titular de Ademuz durante muchos años, eran también primos..., porque los abuelos eran hermanos. Sí, de la familia de los Corbelleros, así les llamaban aquí...>.
           
Se nombra aquí a don Ángel Antón Andrés (1926-2011), el que fuera fundador y director de la revista “Ababol” y del Instituto Cultura y de Estudios del Rincón de Ademuz (ICERA),[3] y a don Manuel Antón Blasco (1927-2000), que fue médico titular de Ademuz.[4]
Vista general de Ademuz (Valencia), desde el camino que sube al "Cerro de Horca" (2009).




Tras la reseña familiar, sigue diciendo:
  • <[No], Yo nunca fui a la escuela..., bueno, fui muy poco, de los seis a los diez. Pero apenas tengo recuerdos de entonces... Porque cuando llegó la guerra contaba yo diez añicos, y el tiempo que duró no hubo escuela, por eso no pude ir. Al terminar tenía ya 13 años y me mandaban al ganado... ¿Por dónde llevaba las ovejas? Pues por Los Planos, por El Pinar Llano, hasta casi Negrón. También por El Soto y Cerro Gordo -que dicen-, por La Moratilla: allí teníamos un pedazo de tierra y construimos una miaja de corral... Íbamos siempre dos o tres; como yo era pequeño, siempre me acompañaba algún hermano mayor, o iba con mi padre. Éramos cinco hermanos: Antonio, Ángel, Vicenta, Manuel y Rufo, que soy yo. Cuando fui mayorcito, con dieciséis o diecisiete años –recién terminada la guerra-, ya iba solo. Pero recuerdo que antes de la guerra, tendría yo sobre ocho o nueve añicos, estando con las ovejas en El Pinar, nos salía una “pantasma”; pero era uno que nos hacía miedo con un farol. Sí, movía el farol en la oscuridad, hacia un lado y otro, y parecía que corría: nosotros creíamos que era un alma del otro mundo, que nos pedía le hiciéremos misas... Pasábamos mucho miedo, porque éramos pequeños, y el mayor que nos acompañaba tampoco tenía mucho ánimo. La última noche se subió con nosotros mi padre, porque tenía que segar por allí y para ver qué era aquello. Total que nos acostamos allí, donde las ovejas; y al poco rato aparece la luz de la “pantasma”. Mi padre que la ve pregunta: ¿Quién va...? Pero no contestaba nadie y así varias veces. Hasta que coge un ruejo y lo lanza con fuerza contra la luz, dando en la puerta... La “pantasma” debió asustarse, porque se fue y ya no volvió más... Después supimos que era un tal Enrique, uno que (de mayor) estuvo en la Residencia de Ademuz y falleció hace unos años>.
  • <Aquello fue en verano, y aquí en Ademuz no quedaban más que muchachos y viejos, casi todos se iban para la siega..., a la Tierra Baja en Aragón, para esa parte de Zaragoza que llaman Cinco Villas, por Herrera... Iban a ganar alguna perra para el invierno. Sí, de aquí salían cuadrillas de gente y pasaban fuera hasta cuarenta días. Iban en caballerías, otros en el tren. Sólo se llevaban las corbellas, las zoquetas, una manta, algo de ropa y comida para el viaje, y trabajaban a destajo; dormían allí, en el propio tajo o en los pajares. Claro, si necesitaban algo más lo comprarían allí. Recuerdo que mis dos hermanos mayores se fueron a la siega a finales de mayo del mismo año que empezó la guerra y vinieron el día de la Virgen de agosto, cuando ya había comenzado... A algunos que venían con ellos los pararon para pedirles los documentos o lo que fuera, pero a ellos no les dijeron nada>.
  • <No, de la guerra tengo pocos recuerdos, porque era pequeño... Íbamos un día con los ganados, por ahí por Los Planos -donde el barranco de las Zorras-, y unos aviones dejaron caer tres bombas, cayeron cerca de donde estábamos..., apenas unos cientos de metros más allá, y las ovejas corrían espantadas por los trigos. Los aparatos venían río abajo y también tiraron bombas por las Casas de Guerrero. Nosotros los veíamos venir y relucían con el sol... Alguno dijo: ¡Son nuestros, son nuestros..! -pero no (debían serlo), porque soltaron las bombas-. Aún vivimos algunos de los que íbamos con el ganado aquel día, Miguel el Hazaña, Bienvenido el Cubo, Alfonso el del molino y yo. Venía también el marido de la Blasa y Bienvenido el Botero, que ya fallecieron.
  • <Sí, entonces teníamos entre diez y trece años. Cada uno llevaba unas quince o veinte ovejas, pocas; muchos ganados se deshicieron (durante la guerra), porque hubo que vender animales, también matábamos para comer, porque te lo requisaban... El que te requisaban, si te lo pagaban era a precio bajo..., igualmente se llevaban los animales de labor, machos y burros, para cargar municiones, armas y alimentos que llevaban al frente. También recuerdo que pasaba la aviación y ametrallaban... Todavía cayeron bombas en La Hoya de los Molares, una no explotó: quedó clavada en tierra y se le veía la espoleta, y como tenían miedo de tocarla labraban alrededor>.
  • <Después la llevaron donde La Dehesa, en un barranco frente a Torrebaja: entre Los Terreros y la bajada de La Palanca, en una hondonada que no hay pinos: la dejaron sin plantar para vereda, pues allí se quedó la bomba. Era como un cántaro... El que sabía bien dónde estaba era Pepe el Molinero de Torrebaja y su hermano Paco, que venían muchas veces con nosotros. Ellos tenían el molino de Abajo, y traían un par de cabras.... Eran menores, pero íbamos juntos, pues nosotros encerrábamos por allí, en unos corrales de la tía María Rosa, cuñada de la tía Avelina. La tía María Rosa tenía una hija, Maruja, que estaba casada con un tal Villanueva, veterinario, hermano de don Antonio, que fue boticario en Torrebaja después de la guerra...>.


En el último párrafo se cita a los hermanos Pepe y Paco de Torrebaja, refiriéndose a José (1929-2008) y Francisco Gracia Bertolín (1931-92), alias los Molineros, hijos del tío Lázaro, que regentaba el molino de Abajo; a la tía María Rosa, esto es, a la señora María Rosa Zaragoza Luz (Ademuz, 1868), y a don Antonio Villanueva Garrido (+1959), farmacéutico, natural de Casasbajas (Valencia). Asimismo, se alude a cierta bomba, procedente de los bombardeos nacionales en la zona durante la Guerra Civil (1936-39), cuya carcasa todavía se conserva en Torrebaja (Valencia).[5]


Calle y edificios en Ademuz (Valencia), detalle del urbanismo (2009).


Terminada la guerra, la vida diaria continuó de forma parecida a como había discurrido hasta entonces, aunque ya nada sería igual:
  • <Después de la guerra, Paco y Pepe, los del molino, ya llevaban más ganado, casi veinte ovejas, pero seguían viniéndose con nosotros. Ellos encerraban en el molino de Abajo, que llamaban del tío Lázaro –se refiere al señor Lázaro Gracia López (1902-1964)-, que era su padre. Terminada la guerra, durante algún tiempo fui a la escuela con don Vicente Soriano Jiménez, un maestro de la Huerta del Marquesado (Cuenca), que había estado (preso) en la cárcel y estaba entonces aquí, desterrado... Un hermano de aquel maestro era catedrático de medicina, y fue director del Hospital de San Pablo en Barcelona. Los padres de estos señores tenían la posada de su pueblo... Con aquel maestro aprendí algo, poco; porque lo que aprendías durante invierno se te olvidaba al verano... Bueno, algo se me quedaría... Mis padres le pagaban 15 pesetas al mes para que me diera clase. Los muchachos íbamos a su casa por las noches –de las siete de la tarde a las diez de la noche-, y allí nos daba lección a los que estábamos. Yo fui durante dos o tres temporadas. La vivienda la tenía alquilada, pues estuvo residiendo en varias casas; en la de Dámaso, también en la carretera... Después, aquel hombre, en cuanto terminó el destierro, se marchó a su tierra: hace algunos años aún vivía..., pero yo ya no le he vuelto a ver.

Se menciona aquí a un acreditado médico –el doctor Máximo Soriano Jiménez (1905-1978)-, nacido en la Huerta del Marquesado (Cuenca), en cuya casa natalicia –calle de la Iglesia número 5- hay una placa conmemorativa, que dice: EN ESTA CASA NACIÓ EL/ DR. [MÁXIMO] SORIANO JIMÉNEZ,/ CATEDRÁTICO QUE FUE DE/ LA FACULTAD DE MEDICINA/ DE BARCELONA./ SUS HERMANOS. Existe una fundación Privada que lleva su nombre, inscrita en el registro de Fundaciones de la Generalidad de Cataluña, cuya finalidad es "La ayuda en el desarrollo de la investigación, docencia y tratamiento en todo ámbito de las Enfermedades Infecciosas y SIDA, así como en su prevención y educación sanitaria de la población".[6] El señor Rufo continúa diciendo:
  • <Mi padre murió después de la guerra, cuando tenía sesenta y un años. No recuerdo bien cuándo, hacia 1944-45; pero sí sé que fue el 8 de septiembre, día de la Virgen de Tejeda, mi hermano Manuel estaba entonces en la mili... Durante varios años, seis o siete, hasta después de casarme, estuve trabajando las tierras de los hijos de la tía María Rosa: lo que sembraba (maíz, remolacha, alfalfe...) lo tenía a medias, pero los frutales se los trabajaba a jornal; a veces cogía algún jornalero que me hacía falta. Trabajar “a medias” quiere decir que la mitad de la cosecha que sacaba era para el amo de las tierras. Y “a jornal” que por trabajar las tierras y cuidar los árboles (podar, regar, sulfatar...) recibía un salario, pero toda la cosecha era para dueño. Bueno, las manzanas del suelo me las quedaba, y cuando estaban picadas eran para los animales... Sí, la tía María Rosa y nosotros éramos familia, ella era prima hermana de mi madre, pero ellos eran ricos y nosotros pobres..., cosas de la vida>.


El señor Rufo y su esposa -la señora María- se casaron a mediados de los cincuenta -en 1955-, y al año siguiente les nació una hija; después emigraron a Francia, donde estuvieron casi una década:
  • <Sí, mi mujer y yo nos casamos aquí en Ademuz. Fue el 15 de enero de 1955 y a los catorce meses de casarnos, el 31 de marzo de 1956, nació Mari Luz, la hija que tenemos; y cuatro años después nos fuimos a Francia: primero me fui yo y estuve un año solo; después vinieron ellas. Allí estuvimos unos nueve años y pico. Mi madre murió de setenta y seis años, estando yo allá; cuando vine a recoger a mi mujer y a mi hija, mi madre hacía un mes que había fallecido...>
  • <Yo me marché a Francia el año sesenta, porque aquí no se sacaba suficiente para vivir; entonces las manzanas se pagaban a siete pesetas el kilo. Cuando me marché, ganaba de jornal lo mismo que los que trabajaban en los pinos, entonces estaban repoblando el monte..., unas cuarenta pesetas diarias. Y en Francia ganaba dos francos nuevos, que al cambio eran unas 250 pesetas. La comida valía por un estilo, pero el vicio..., la bebida, el tabaco y eso estaban mucho más caros. Allí, una cerveza de tercio en el bar costaba 120 francos viejos, pero una de litro en la tienda te costaba 60 ó 70 céntimos: para que vea... ¡Valía la pena comprarla en la tienda y bebérsela en casa!>
  • <En Francia trabajé seis o siete meses en las obras, pero en invierno hacía frío y llovía mucho; después tuve la ocasión de entrar en una fábrica de porcelana, y allí me metí. Luego cambié a otra empresa que hacía lo mismo –decorar cerámicas-, porque allí me pagaban más. Estábamos en una ciudad del centro del país, Vierson, a unos 200 kilómetros al sur de París. Vivíamos muy bien. No, yo no hablaba francés, pero mi hija sí; yo empezaba en francés y siempre terminaba en español..., pero me defendía. Mi mujer no trabajaba, estaba en casa cuidando a nuestra hija. Pero al final le salió faena en casa, en la terminación de prendas de vestir para niños, poniendo los botones y las etiquetas, esas cosas. Se trataba de abriguitos y otras piezas que traían de París, de la casa “Christian Dior”, seguramente la habrá oído usted nombrar. Una casa muy importante de allí...>

           En este párrafo se nombra Vierzón, ciudad francesa emplazada en el distrito de Cher, región Centro. Tiene importancia como nudo de comunicaciones, principalmente ferroviario, pues allí confluyen la línea París-Toulouse y la de Lyon-Nantes. Además por el municipio discurren tres autopistas: A71, A85 y A20.[7] Respecto a su regreso a España, dice:
  • <Regresamos de Francia el año 1971-72, el año del cólera... El revisor del tren nos dijo: Pero, ¿cómo vuelven, si allí hay cólera...? ¡Bueno, con coñac se mata! -sí, eso decía-. Volvimos –dice la señora de Rufo- porque mis padres ya estaban mayores, y también por unos tíos que no tenían familia. Además, Mari Luz ya se estaba haciendo mayorcica y si nos quedábamos más tiempo empezaría a tener amistades...; sí, ella también quería volver. Cuando nos volvimos yo tenía sobre 45 años y mi hija unos 15 años; ella ya se vino con el certificado escolar que sacó allá...”.
Calle y edificios en Ademuz (Valencia), detalle del urbanismo (2009).

Regreso de Francia y nuevo comienzo en España.
A comienzos de los años setenta la familia del señor Rufo regresa de Francia: de una parte, por cuestiones familiares, debido a la ancianidad de los padres de su esposa y unos tíos sin hijos que tenían; pero también por su hija, para evitar se enraizara demasiado en Francia y luego no quisiera volver, como les pasó a tantos hijos de emigrantes. El cambio de ambiente no debió ser fácil, pues la sociedad francesa en la que habían vivido durante los últimos años era muy distinta de la que encontraron en Ademuz. Sin embargo, la familia no tuvo problemas para reintegrarse a la vida social y laboral de su localidad, donde era conocida y apreciada. Pero el señor Rufo nunca pensó que acabaría siendo “cartero rural” en Ademuz:
  • <No, yo nunca pensé en ser cartero... La cosa fue que el señor Mariano, el cartero que atendía entonces las aldeas, era muy amigo de mi cuñado, el carnicero; y a su través me ofreció la posibilidad de solicitar el puesto. El señor Mariano me dijo lo que él hacía y me preguntó si lo quería hacer yo. Le dije que bueno..., así que hicimos los papeles, solicitando el puesto, y cuando él se jubiló me lo concedieron... Sí, mi cuñado era carnicero, y subía también por las aldeas, a comprar animales para la carnicería>.


Ciertamente, los carniceros de la Villa solían ir a las aldeas a comprar animales, los sacrificaban y despiezaban en la misma localidad donde los compraban, para bajarse la carne a Ademuz, donde la vendían en su tienda.[8]




Detalle de la entrada, puerta apaisada y silla de enea en Val de la Sabina-Ademuz (Valencia), 2009.


Pregunto al señor Rufo por su trabajo, en qué consistía, cuál era el día a día de un cartero entonces:
  • <¿En qué consistía mi trabajo...? Mire usted, cuando llegaba de las aldeas, sobre las tres y media o cuatro de la tarde, iba directamente a Correos, que entonces estaba donde la carnicería de Paulino, en el portal de San Vicente, frente a la iglesia. Luego lo pasaron a la plaza del Ayuntamiento, donde está ahora. Allí depositaba las cartas que había recogido en las aldeas y me entregaban las que debía repartir al día siguiente. Y me iba a casa, para comer y descansar... A la mañana siguiente, sobre las seis y media, salía de Ademuz hacia el Val de la Sabina, que está a 4 kilómetros, entre media hora y tres cuartos de hora andando: cruzaba el puente del Sotillo –sobre el Turia- y me encaminaba rambla arriba. Iba vestido con mi ropa, aunque nos daban uniforme de cartero, pantalón, camisa, tabardo e impermeable..., pero yo llevaba casi siempre la mía. No, no llevaba gorra, ni sombrero..., no me ha gustado llevar nada a la cabeza>.
  • <Las cartas y demás cosas, certificados, giros, reembolsos y eso lo llevaba en una cartera tipo morral. Había veces que llevaba hasta cien mil pesetas; entonces había muchos giros, porque las pensiones de los viejos se pagaban en metálico. Una vez, estando en la Puebla, le llevaba a una mujer un giro de cincuenta mil pesetas. Al verme en la plaza me dice: Rufo, ¿llevas eso...? ¡Dámelo pues! -yo le dije que no, que tenía que ser en su casa-. Claro, (porque) tenían que firmarme el recibí y todo el trámite; además, yo procuraba que nadie viera lo que llevaba... Sí, había que ser muy cuidadoso, porque tenía mucha responsabilidad con la correspondencia, que era una cosa muy seria>
  • <No, yo nunca he tenido miedo de ir por el monte. [Y cuando iba de camino] Tampoco cantaba ni silbaba, pero fumaba mucho. Recuerdo a don Paco, un practicante de Ademuz, que durante la guerra había estado en el Hospital de Sangre de Torrebaja. Don Paco sabía como un médico en cuestión de heridas, y un día me dijo: ¿Tú, fumas? ¡Pues no fumes, porque al ir cuesta arriba aspiras más hondo y el humo te llega más adentro, y es peor...! Yo fumaba “Celtas” cortos, sin filtro; al pasar por el bar me compraba un paquete y cuando volvía ya lo llevaba a escape... No, estrés no tenía, era por el vicio..., que lo tenía muy agarrado. Quise dejarlo muchas veces, y me aconsejaban que tomara caramelos. Pero nada, me encontraba con el forestal u otro por el camino y me ofrecían un cigarro, y como yo no sabía decir que no, pues lo cogía otra vez. Hasta que dije: ¡No, que quiero dejarlo, no fumo más...!. Y lo dejé, llevo más de treinta años sin fumar. Pero tengo más de treinta puros en una caja, de los que me daban las mujeres por los bautizos y las bodas, ahí los tengo, que ya deben haberse estropeado. Pero ya no he vuelto a fumar nunca más...>.
Vista general del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.


Se alude aquí a don Paco, el practicante… –se refiere a don Casimiro Zaragozá Santamaría (alias) don Paco, que durante la Guerra Civil (1936-39) estuvo trabajando en el Hospital de Sangre de Torrebaja-.[9]

© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).





[1] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Rufo Antón Hernández, la persistencia de la memoria, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 247-254.
[2] MADOZ, Pascual. Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus Posesiones de Ultramar, Madrid, 1846, tomo I, pp. 82-83. SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Ademuz en la primera mitad del Ochocientos: P. Madoz (1846), en: Del Paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 291-303.
[3] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. A don Ángel Antón Andrés, in memoriam, en: http://sanchezgarzonalfredo.blogspot.com.es/2012/07/angel-anton-andres-in-memoriam.html, del lunes 17 de octubre de 2011.
[4] ANTÓN ANDRÉS, Ángel. Don Manuel Antón Blasco, en: Necrológica, Ababol 23 (2000) 5.
[5] SÁNCHEZ GARZÓN, A., Referencias iconográficas a la Guerra Civil (1936-39) en el Rincón de Ademuz y simbología franquista en la zona, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 183-195.
[6] Fundación Privada Máximo Soriano Jiménez, en: http://www.fundsoriano.es/. Síntesis Médica Mundial (Barcelona, 1940), en: http://www.ome-aen.org/cronicon/1940/sintesismedicamundial.htm.
[7] Vierzon. (2012, 29 de octubre). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 19:21, diciembre 2, 2012 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Vierzon&oldid=60937820.
[8] SÁNCHEZ GARZÓN, A., Carniceros ambulantes de Ademuz: notas, anécdotas y sinsabores de aquellos trabajos, en remembranza de aquella actividad, en: Costumbres, Oficios, Fiestas y Juegos de antaño, Ababol 44 (2005) 7-12. ID., Ibíd., Del paisaje (I),..., Valencia, 2007, pp. 211-215.
[9] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. El Hospital de Sangre de Torrebaja durante la Guerra Civil (1936-39), en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 85-94.

jueves, 30 de agosto de 2012

RAMON MAÑAS AGUILAR, NATURAL DE LOS SANTOS (CASTIELFABIB) Y VECINO DE MALLORCA.

A propósito de un homenaje a 
don Bernardo-Manuel Pérez Gimeno,
su maestro de infancia.





"Yo era muy tenaz, porque hay un dicho en el oficio que dice:
A mayor número de visitas mayor probabilidad de venta...".
Ramón Mañas Aguilar (Los Santos, 1946).


Palabras previas.
El otoño pasado recibí una llamada telefónica de alguien que se identificó como Ramón Mañas Aguilar, natural de Los Santos (Castielfabib), que me requería desde Palma de Mallorca. No nos conocíamos -al menos yo no le recordaba-, pero él sabía de mí por algún libro mío que tenía;[1] y me pidió si estaría dispuesto a entregar a don Manuel –me refiero a don Bernardo-Manuel Pérez Gimeno (Torrebaja, 1919-2012)- una placa o diploma que proyectaban hacerle sus alumnos de Los Santos.
La llamada en cuestión me sorprendió, y en la misma medida me alegró, pues no deja de ser sorprendente y agradable que unos alumnos pretendan homenajear a su maestro de infancia después de tantos años. Y, todo hay que decirlo, también me enorgulleció que alguien pensara en mí para tan noble propósito... La placa de homenaje que pretendían entregase yo a don Manuel debía hacerse en el transcurso de una comida en un restaurante de la localidad. Faltaba acordar el día, pues había que reunir a varias personas que vivían en distintos lugares del país, y que yo estuviera disponible. Aquella primera llamada se siguió de otras posteriores, hasta que se acordó la fecha, pero lamentablemente yo no pude asistir, como hubiera sido mi deseo. Además, don Manuel tampoco se encontraba en condiciones, por sus muchos años y delicado estado de salud. No obstante, los antiguos alumnos fueron a casa del maestro y le entregaron su diploma, se hicieron una foto con él y después celebraron la comida. El propósito inicial se cumplió, el maestro fue homenajeado como pretendía y los alumnos se reunieron para rememorar los recuerdos de su infancia en la escuela de su aldea.

El señor Ramón Mañas Aguilar (Los Santos-Castielfabib, 1946), durante la entrevista.

Hace unos días recibí una nueva llamada del señor Ramón, que me requería desde Los Santos, con la intención de vernos, pues nuestro trato para este asunto había sido siempre por teléfono. Quedamos en Torrebaja para el día siguiente, con la idea de dar una vuelta en bicicleta por la zona y llevarle a don Manuel una fotografía con sus alumnos, en recuerdo de la entrega del diploma. Y eso hicimos, encontrarnos en el punto acordado y pasear un par de horas por la orilla del Turia, desde Torrebaja hasta Ademuz y volver. De nuevo en Torrebaja fuimos hasta la casa del maestro y su sobrina nos llevó delante de don Manuel: le encontramos sentado en un sofá, con su porte de siempre, pero muy cambiado desde la última vez que yo le había visto. Ante nuestro saludo sonrió y aún sin poder tuvo la intención de levantarse, pero su debilidad se lo impidió. Pienso que no nos conoció, aunque su sobrina agradeció nuestra visita y la fotografía. Mi acompañante, el señor Ramón, no pudo evitar emocionarse al estrecharle las manos en la despedida, intuyendo era la última vez que veía a su maestro. Y así fue, pues al día siguiente, 9 de agosto de 2012, don Manuel falleció...
Durante nuestro paseo en bicicleta de esa mañana, el señor Ramón me refirió algo de su vida -sus recuerdos de niño en la aldea, su estancia en Barcelona y su establecimiento en Mallorca- lo que me llevó a solicitarle se brindase a mantener una conversación más detenida conmigo, de cara a una entrevista, pues me pareció el prototipo de inmigrante de estas tierras al que le fue bien la aventura migratoria. Aunque también le sorprendió mi petición, estuvo conforme y quedamos en vernos un par de días después. La entrevista la mantuvimos en la parte alta de mi casa, en una antigua cambra habilitada como estudio. El señor Ramón es una persona educada, puntual y detallista –además de experto en vinos y en la comercialización de te y otros productos alimentarios-. Es de estatura media, lleva gafas y tiene el cabello entrecano, abundante y bien conservado. Me trae una guía de Mallorca como regalo, y una fotografía de las que se hicieron cuando el homenaje a don Manuel. Acomodados frente a una mesa, pongo la grabadora en marcha y comenzamos la conversación: no hace falta estimularle a hablar, pues mi entrevistado es buen conversador...

Don Bernardo-Manuel Pérez Gimeno (Torrebaja, 1919-2012), en su casa de Torrebaja, durante el acto de homenaje que le brindaron sus alumnos de Los Santos-Castielfabib (Valencia), año 2011.


Contenido de la entrevista. 
Comencemos por el principio, ¿cuál es tu nombre completo, qué año naciste, quiénes eran tus padres?
  • Mi nombre completo es Ramón Mañas Aguilar y nací en Los Santos el día 18 de febrero de 1946... Según contaban mis padres, ese día hubo una nevada de medio metro; ya sabes que en aquella época llovía y nevaba mucho más que ahora. Yo recuerdo haber ido una semana entera a la escuela con los chupones de hielo colgando de las canaleras de los tejados; y para eso hace falta que haga mucho frío. Mi familia vivía en la parte alta de una casa que era el centro social de la aldea, llamada La Sociedad; allí nací yo. Mi padre era sastre, todavía conservo su máquina de coser, una “Singer” profesional muy buena... Mi padre era Ramón Mañas Tortajada y mi madre Pilar Aguilar Villalba, ambos de Los Santos. Soy hijo único, pero antes que yo mis padres tuvieron trillizos, pero los tres fallecieron por las condiciones de entonces: nacieron en época de frío y no pudieron tener los cuidados que hoy tendrían, incubadoras y eso... En mi casa hay un baúl donde aún se conserva toda su ropita, la guardaba mi madre. Allí está y yo no he querido tirarla. Recuerdo que mi padre era muy aficionado a los pájaros, le entusiasmaban, y yo heredé parte de aquella afición. Contaba una anécdota, confirmada por otras personas, referente a los pájaros... Resulta que en cierta ocasión, siendo él un muchacho, una tarde-noche se subió a un árbol muy alto de la ribera, seguramente un chopo, a coger un nido. Cuando alcanzó el nido cogió los parajillos y se los puso entre la camisa y comenzó a bajar. Pero ya te digo que el árbol era muy alto y difícil de escalar, hasta el punto que no pudo descender más, y tuvo que quedarse a dormir en el chopo... Lo descubrió de madrugada alguien que pasaba por allí y con las cuerdas de las samugas lo bajaron, no sin dificultad... Puedes imaginarte la noche que pasó, y la preocupación de sus padres al ver que no llegaba a casa a dormir. Sí, yo heredé aquella afición... Entonces era costumbre ir por nidos de cardelinas o jilgueros, cogíamos el nido y lo poníamos dentro de una jaula, de forma que los padres pudieran seguir alimentando a los pajarillos. Una vez fui a ver una de estas jaulas que tenía en un árbol y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que los pajaritos se habían convertido en una culebra... Claro, la culebra entró en la jaula, se comió los parajillos y luego, con el vientre hinchado, no pudo salir por entre los barrotes... ¡Al ver la culebra me llevé un susto de miedo...!
El señor Ramón Mañas Tortajada y su esposa, la señora Pilar Aguilar Villalba, padres del señor Ramón, en Los Santos-Castielfabib (Valencia).


¿Qué más recuerdas de los años de tu infancia en la aldea, cómo se vivía entonces?
  • En la época de mi infancia, años cuarenta y cincuenta, en Los Santos, aldea de Castielfabib (Valencia), habría unas setecientas personas y la vida era muy distinta de la de ahora. Entonces había mucha más relación y comunicación entre las personas, todo era más cercano: la gente se saludaba al salir de casa, decía dónde iba o te preguntaba lo que fuera... No es que ahora no se saluden, pero era distinto, ya que había más intimidad y confianza. A veces he oído que algunos llegaron a pasar hambre, pero no fue mi caso, pues mis padres se desvivían para que no faltara nada en casa. Mi madre se iba los inviernos a Barcelona, a lo que llamaban “servir”, para ganar algún dinero para la casa, y nos quedábamos mi padre y yo solos en la aldea. Sí, ella se iba los tres meses de invierno, aprovechando que allí teníamos familia, unas hermanas de ellos. Mi padre cosía durante el invierno, pues en esa época no había tanta faena en el campo. Cosía lo que le encargaban, sobre todo pantalones y trajes de pana con chaleco. Yo venía aquí a Torrebaja, a la tienda de Los Ritos a buscar lo que necesitaba: tela de forro de tal color, hebillas, botones, hilo... Claro, él me daba una muestra y yo iba a buscarlo. Mi padre tenía crédito en el comercio y yo, con una hoja donde me apuntaba el material que necesitaba, bajaba a comprarlo. Bajaba con la bicicleta o andando y compraba lo que le hacía falta a mi padre. Recuerdo al dependiente que me atendía, al que llamaban Luis... De cortar y coser unos pantalones, poner el hilo y los botones cobraba unas 15 pesetas. Esto sin contar la pana, que se la aportaba el cliente: mi padre le decía los metros que necesitaba y el consumidor la traía del color que le gustaba, generalmente negra o marrón. Para que te hagas una idea del precio de la vida de entonces, un litro de aceite valía sobre 13 pesetas: yo recuerdo haber ido a la tienda de Albina, que estaba en la plaza, mandado por mi madre con una botella y la tendera me la llenaba con aquel sistema de bombeo que había desde el barril... Ya te digo, yo le repartía la faena a mi padre, llevando los trabajos a El Cuervo, Cuesta del Rato y Castielfabib, que eran los pueblos donde más clientes tenía; sí, mi padre era un sastre muy conocido. Iba en bicicleta, en una bicicleta que había comprado de segunda mano a uno de Tramacastiel, creo que por setecientas pesetas. Era una bici mala, muy mala, en la que los frenos apenas iban y tenías que frenar con el pie, colocándolo sobre la rueda de atrás...


Se menciona aquí al señor Luis Gómez Martínez (Torrebaja, 1926-2009), dependiente de El Pequeño Siglo, la célebre tienda de los Ritos.[2]
Entrada principal a la aldea de Los Santos-Castielfabib (Valencia), 2012.

¿Cómo eras de niño, te gustaba la escuela, ayudabas en casa?
  • Yo de niño era muy activo, y lo sigo siendo. A los cinco años empecé la escuela, que estaba delante de mi casa, separada de la iglesia por un callejón. Las clases se daban en la planta baja, en un lado los chicos y en otro las chicas. En la planta alta vivía el maestro. Mi primer maestro fue don José Ibáñez, que era de Valencia. Era muy de Franco y nos llevaba como militarizados. Apenas fui un año y medio con él y aprendí muy poco, pues lo que más hacía era llevarnos de excursión a La Central, donde la fábrica de luz... Después tuve otro, que era de Ademuz, don Felipe le llamaban, y también estuvo poco tiempo. Ninguno de ellos mostraba demasiado interés por los alumnos... De esta época, cuando contaba unos cinco años tengo una anécdota triste, por lo que me sucedió... Resulta que durante un matacerdo mi madre estaba picando las carnes para hacer el embutido y yo me puse a jugar en la máquina, tratando de impedir con los dedos que salieran los chorritos de carne picada, con tan mala fortuna que se me metió un dedito dentro y al accionar la manivela el mecanismo me lo cortó, sí, por eso me falta una falange del segundo dedo de la mano izquierda. Mi madre notó el chasquido al crujir el hueso y se dio un susto de miedo: en la vida había visto ni vi nunca después a mi madre tan compungida, pobrecilla... Enseguida me vendaron el dedo y me subieron con una caballería al médico de Castiel, pero no pudo atenderme. Sí, salió su mujer y dijo que no podía atenderme..., porque estaba durmiendo la mona de la borrachera de la noche anterior, pues era muy bebedor y juerguista... Así que mis padres me llevaron al médico de Ademuz, uno que tenía la consulta en la plaza del Ayuntamiento: a Ademuz llegamos a las cinco de la tarde. El médico que me atendió dijo que había que cortar la parte del dedo que llevaba colgando, porque había pasado mucho tiempo desde el accidente y corría peligro de gangrenarse. Así que me cortó el colgajo y me quedé sin la última falange...
El señor Ramón Mañas Aguilar y su padre, en el puente sobre el Ebrón en Los Santos-Castielfabib (Valencia).
Se nombra aquí al médico de Ademuz que tenía la consulta en una casa frente a la plaza del Ayuntamiento, refiriéndose probablemente al doctor don Joaquín-Tomás Teruel Eslava. Sigue diciendo:
  • Cuando yo tenía sobre 8 años vino un nuevo maestro, don Manuel Pérez Gimeno, que vivía en Torrebaja y subía con una moto “Guzzi” que tenía. Muchas veces se le estropeaba a medio camino y tenía que continuar andando. Don Manuel fue mi mejor maestro y con él alcanzamos muchos de nosotros nuestro desarrollo. Él fue quien me hizo la Cartilla de Escolaridad, que todavía conservo con cariño... Un compañero mío, Luis Novella y yo éramos los primeros de la clase. Sí, yo con él subí como la espuma, teníamos muy buena relación y aprendimos mucho, todo lo que se podía aprender entonces en la escuela. Estudiábamos con aquellos libros de la Enciclopedia Álvarez, de los que había tres grados, y los ejercicios los hacíamos en unas libretas que comprábamos en la tienda. Entonces se escribía con pluma que se mojaba en un tintero que había en el pupitre, los bolígrafos no existían. En aquellas libretas hacíamos los ejercicios y don Manuel se las bajaba a Torrebaja para corregirlos, luego te ponía bien, mal o regular. Los lápices, gomas y plumas los llevábamos en un plumier. Yo tenía una cartera de cuero como no había otra en la aldea, una cartera que me había mandado alguna de mis tías de Barcelona. Nosotros les enviábamos manzanas y ellas nos correspondían con otras cosas, y un año fue la cartera que te digo, entre otras cosas. Cuando yo me marché a Barcelona la cartera se la regalé a Vicente (a) Faldetos, cada vez que nos encontramos me lo recuerda... Cuando ya fui mayorcito vino don Manuel varias veces a mi casa, para tratar de convencer a mis padres y que me enviaran a un instituto, pues decía que yo valía para el estudio; pero mis padres eran gente muy humilde y no hubo manera... 


¿Qué otros recuerdos tienes de la escuela de tu infancia?
  •  Recuerdo que, periódicamente, los mayores de la escuela subíamos con un mulo a Castielfabib para recoger los sacos de leche y queso de la ayuda americana que llegaba a las Escuelas Nacionales de la España de entonces... Alguna vez subí con Luis Novella, pero otras veces iban otros: Los sacos de leche en polvo, que pesaban unos cincuenta kilos, los cargábamos en los cujones del serón, junto con unos bidones donde venía el queso... Don Manuel iba sacando el queso, que venía como embutido y lo cortaba a tajadas, para después trocearlo en forma de triángulo; el queso tenía un color entre anaranjado y amarillo, y lo comíamos por la tarde como merienda... Por aquella época decidieron reformar las escuelas viejas -el edificio estaba junto a la cabecera de la iglesia-: El tiempo que estuvieron obrando en las escuelas trasladaron todo el material a una casa del tío Avelino que hay a la entrada de la aldea, una que tiene la fachada de ladrillo... En el segundo piso se habilitó la escuela, y es ahí donde se hacía lo de la leche y el queso que te cuento... Para hacer la leche bajábamos a la acequia por agua y la subíamos con un cubo: El agua se echaba en una olla que poníamos sobre la estufa y cuando estaba caliente se le añadía la leche en polvo necesaria para hacer la leche, y se la batía para deshacer los grumos... Claro, los chicos llevábamos un tazoncito para poner la leche y un trozo de pan para hacer sopas; no sé si llevaríamos también azúcar, eso no lo recuerdo... Ya te digo que la leche se hacía sobre la estufa, pero los chicos no llevábamos un tarugo de leña tal en otros lugares: Como en Los Santos había una serrería, utilizábamos como combustible el serrín que se producía al cortar las maderas... Para recogerlo bajábamos a la fábrica un par de chicos mayores con un mulo, como en el caso de la leche a Castiel, llenábamos varios sacos y los subíamos a la escuela: La estufa era redonda, como de un metro de alta y con cuatro patas, para cargarla utilizábamos un cilindro que poníamos en el centro y el serrín alrededor, bien apretado... Después se sacaba el rulo con cuidado y se la daba fuego a través de la mirilla, prendiéndola por abajo: El serrín bien prieto ardía sin llama y producía mucho calor, suficiente para caldear el aula y calentar la olla de la leche... De todo lo referente a la estufa y a la leche nos encargábamos los alumnos mayores: Claro, era el sistema de calefacción de entonces, ecológico y barato; porque en la serrería no nos cobraban nada.
El señor Ramón Mañas Aguilar (Los Santos, 1946), durante su estancia en las escuelas de la aldea, curso 1950-51.
Cartilla de Escolaridad del señor Ramon Mañas Aguilar, portada.

Cartilla de Escolaridad del señor Ramon Mañas Aguilar, interior [La fecha de nacimiento es incorrecta, pues el entrevistado nació el 18 de febrero de 1946].

Y continúa:
  • Y claro, ayudaba en casa lo que podía... Tú sabes que en aquella época los recursos eran escasos y la gente aprovechaba todo lo que había para mantenerse. Cuando salía de la escuela iba a casa, dejaba la cartera y me iba a ayudar a mi padre, que ya me había dicho dónde estaría... Entonces las puertas de las casas estaban abiertas, con las llaves puestas o detrás de la gatera. Y nunca hubo ningún problema de robo y eso... A veces, cuando había mucha demanda de embalajes en la fábrica –se refiere a la serrería de Lucio Hernández Marín en Los Santos- algunos chicos íbamos a clavar cajones, nos paganas cinco, seis o siete céntimos por cada cajón que montábamos. Como quien dice, para ganar cien pesetas tenías que clavar mil cajones... Claro, entonces había mucha demanda, pues cada semana salían varias cargas de cajones en aquel camión “Pegaso” que tenían en la serrería –matrícula de Valencia 26.544-: todavía recuerdo el número, pues siempre he tenido mucha memoria... Aquello estaba preparado como una cadena de montaje moderna, con todas las tablas que se necesitaban perfectamente dispuestas: primero se hacían los costados, luego se iban ensamblando las tablas y finalmente había que clavarles la base... Yo les daba a mis padres parte del dinero que ganaba, pero otra la ahorraba. Con aquel dinero me compré un reloj “Tisot” en Teruel: eso fue cuando yo tenía sobre 14 ó 15 años. Cogí el coche de línea y me fui solo a Teruel, esa fue la primera vez que salí de la aldea... Llegué a la plaza del Torico y en una relojería que llamaban “Tena” o “Polo” me lo compré: me costó mil pesetas justas. De esta misma época o poco antes, tengo otra anécdota, que nos sucedió a mi padre y a mí yendo a recoger espliego a la parte de Tóvedas; esto sería en verano, seguramente en agosto, una vez terminadas las labores de la siega, el acarreo y la trilla. Resulta que mi madre nos preparó la comida para los días que íbamos a estar en el monte, cosa del frito, varios panes de aquellos de estrella y una torta dulce, esto metido en un saco de talega, para que se conservaran tiernos. El caso fue que poco antes de llega al Colladillo mi padre vio un rodal de matas de espliego y no puedo evitar pararse a segarlo. Para ello atamos el mulo en alguna rama y fuimos a segar las matas, de forma que cuando volvimos donde habíamos dejado atado el animal, éste se había comido todo el pan que llevábamos. Sí, parece que percibió el olorcillo del pan tierno y comenzó a mordisquear el saco, hasta que lo rompió; sólo nos dejó la torta dulce; sí, de aquellas que se hacían con chichorritas y azúcar... Toda la semana estuvimos comiendo sin pan, con un trocito de torta como postre. Lo de recoger el espliego era una forma de conseguir algún dinero extra... Cuando llegábamos al tajo, mi padre subía al monte a segar las matas, que iba colocando en haces y atándolo. Se subía a lo más alto, pese a la dificultad que tenía para andar, pues iba algo cojo por una malformación que tenía en un pie. Luego lo cargaba en el mulo y yo me ocupaba de llevarlo hasta Tóvedas de Abajo, donde lo pesaban y me daban una nota con el monto de la carga. Así un viaje tras otro, y un día tras otro, hasta que se acababa el espliego. Luego bajábamos a Ademuz a cobrar el importe, a 10 ó 12 céntimos el kilo. Recuerdo que la empresa era de Castellón y se llamaba Destilerías Adrián & Klein. Sí, lo destilaban allí mismo en Tóvedas, mediante unas calderas que tenían... Dormíamos en un corral que había en la propia masía: abajo en la cuadra el animal y nosotros en la planta de arriba, sobre la paja.
Detalle del molino y monumental noguera (Juglans regia) existente a la entrada de la aldea de Los Santos-Castielfabib (Valencia), 2012.
El señor Ramón Mañas Aguilar (Los Santos, 1946), con su madre, la señora Pilar Aguilar Villalba.

 
Me contabas que por esa misma época te aficionaste a la música, ¿qué puedes decirme de esta inclinación, cómo nació?
  • No sé como nació esa afición, pues en mi familia no había ningún músico... Sí recuerdo que frente a la casa de mis abuelos había una familia de músicos, uno de ellos era ciego y tocaba el violín, otro la guitarra otro el saxo. Y los domingos, en un salón contiguo al bar de Elvira hacían música para bailar... En ese mismo local, durante la época de la fruta, se escogían las manzanas, y también se celebraban bodas: recuerdo que asistí a la de Carmen y Miguel el de la serrería: vine de Barcelona a Los Santos con un primo mío en un Seat 600 que me había comprado. Yo tenía entonces sobre 21 años más o menos, esto sería el año sesenta y seis o sesenta y siete. Para aprender música bajaba a Torrebaja, donde Justi –se refiere a Justiniano Hernández Rubio- me enseñaba a tocar el acordeón. Él tenía un acordeón bueno, marca “Frontalini”, de 41 teclados por 120 bajos, que es un modelo de acordeón. La mía era más sencilla. Claro, para aprender y practicar necesitaba una y me la compré. Primero bajaba andando a Torrebaja y luego en bicicleta. El solfeo lo aprendí con el padre Pinazo, que nos daba clase por las tardes a varios de Torrebaja y a mí... La clase se hacía en su casa, un chalecito que se hizo en la carretera... Y cuando le trasladaron a Vallanca, pues yo subía hasta allí en bicicleta, llevando el acordeón en una caja que llevaba atada al portamaletas. Entonces la carretera no estaba asfaltada y el piso era de gravilla, en cuanto te descuidaba en una curva te caías. Sí, me caí un par de veces, una de ellas se rompió el amarre del acordeón y tuve que cargarla a la espalda... El acordeón me lo compré con lo que ganaba clavando cajones en la serrería, y cogiendo manzanas, pues también bajaba a coger manzanas para las Jacintas en una finca que tenían en Guerrero. Yo iba con Tomas el Primitivo -se refiere al vecino Tomás Martínez Casasús-, y anteriormente había bajado mi padre... Todavía conservo una fotografía suya con Armando -se refiere al señor Armando León Valero (Torrebaja, 1924)-, ambos subidos a un manzano... El acordeón me costó veinticuatro mil pesetas: pagué la mitad en efectivo y el resto en letras a doce meses: todavía guardo los recibos... Yo tendría entonces sobre 16 años. Sí, yo era -y lo sigo siendo- muy activo. Y a los 17 años me marché a Barcelona.

Se nombra aquí a don Guillermo Pinazo Martínez (1901-73), sacerdote paúl natural de Torrebaja, que estuvo regentando una parroquia católica en el distrito neoyorquino del Bronx, donde falleció después de haber estado de cura en Torrebaja y Vallanca a comienzos de los años sesenta.

El señor Ramón Mañas Tortajada, cogiendo manzanas en Torrebaja (Valencia), año 1950.

Don Guillermo Pinazo Martínez (Torrebaja, 1901-Nueva York, 1973), sacerdote paúl y  maestro de música del señor Ramón Mañas Aguilar.


¿Cómo fue lo de marcharte a Barcelona?
  • Lo de marcharme a Barcelona fue por una cuestión familiar... Resulta que una tía mía que regentaba una portería se había separado, y como en la portería tenía que haber un hombre y una mujer -no importaba la relación familiar que tuvieran-, pues al quedarse sola podían echarla... Claro, había trabajos, como bajar la basura de los pisos, que sólo podía hacer un hombre, porque se necesitaba fuerza. Por eso fue de ir yo con mi tía, para que ella pudiera continuar en la portería. No, ella no tenía hijos y era mi madrina... Pero la cosa no fue sencilla, porque mis padres no me dejaban ir, costó Dios y ayuda hasta que se convencieron. La más reacia a que me marchara era mi madre, pensaba que si me iba me perdería como hijo... Claro, yo estaba esperando aquel viaje con mucha ilusión, pues todos mis compañeros se habían ido ya y cuando volvían al cabo de uno o dos años ya tenían otra pinta.

¿Qué te pareció la Barcelona de los años sesenta?
  • Bueno, puedes imaginar, aquello era otro mundo difícil de concebir desde Los Santos... Ya te digo que eso fue en el año 63, cuando yo tenía 17 años. Mi tío Francisco era guardia municipal en el barrio de San Gervasio, y residíamos en la plaza Fernando Soler 6; él conocía todos los negocios que había por allí. Como te digo, mi tío era guardia municipal, pero también trabajaba de barbero en la peluquería de uno de Vallanca, que estaba en la plaza de Lesseps. Él fue quien me introdujo en el mundo laboral... Primero trabajé en un taller mecánico que había en el propio barrio. Me contrataron por 150 pesetas a la semana, entonces se pagaba los sábados. Al terminar la semana el dueño me pagó 200 pesetas, pero ya no volví. Porque a mí no me gustaba estar debajo de los coches con las manos sucias, llenas de grasa. El segundo trabajo fue en una fábrica de plásticos que estaba en la misma finca donde vivíamos. Allí hacían diversos artículos para la “SEAT”, tubos para la gasolina, gomas para las puertas, y todo tipo de plásticos inducidos: aquel fue mi segundo trabajo. Pero aquello tampoco me gustó, porque también era muy sucio, con mucho polvo y polución en el ambiente... Sí, ganaba bastante dinero, pero no me gustaba, por lo del polvo que te digo y porque tenía que estar todo el día encerrado. Entonces había mucho trabajo en Barcelona, así que le dije a mi tío que me buscara otro trabajo y al otro día ya tenía trabajo nuevo. Mi tercer trabajo fue en una empresa donde se fabricaban componentes electrónicos para radios y televisiones... Luego trabajé en una fábrica de radios y televisiones, Mundial Radio le decían, en la calle Escuelas Pías, esto ya en Sarriá, aunque bastante cerca de casa, pues iba y venía andando. Allí estuve alrededor de un año, este trabajo me duró algo más, hasta que me marché a una empresa del grupo Cedipsa, que comercializaban productos de belleza de la marca Eugène... Esto en la calle Balmes, cerca del paseo de la Bonanova. Allí estuve de ayudante de repartidor en una furgoneta DKV: ello me ayudó mucho para conocer el callejero de Barcelona.

Se nombra aquí el barrio de San Gervario, sito en el antiguo municipio de San Gervasio de Cassolas, el cual fue anexionado a Barcelona a finales del siglo XIX -en 1897-: se extendía por una buena parte del antiguo distrito III, al noroeste de la ciudad, entre los municipios, antes también independientes, de Sarrià, Les Corts de Sarrià, Gracia y Horta.[3]

El señor Ramón Mañas Aguilar (Los Santos-Castielfabib, 1946), durante la entrevista.

¿Cómo continuó tu vida laboral, encontraste algo que te gustase, te afincaste finalmente en algún trabajo?
  • Bueno, este trabajo como repartidor fue el último que tuve por influencia de mi tío, porque yo aspiraba a algo más y quería ver si era capaz de buscarme la vida por mí mismo... De hecho continué estudiando en una academia que había en la plaza Universidad, donde daban cultura general, allí iba por la tarde y por la noche, después de trabajar. También estuve en otra haciendo un curso en la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE); todavía tengo en casa el diploma que me dieron. A todo esto me hice vendedor... Sí, encontré un anuncio en el periódico donde buscaban vendedores y me presenté. Nos hicieron una entrevista y de 25 ó 30 que nos presentaron seleccionaron a cinco. A mí me asignaron una buena zona de la ciudad, de la Diagonal para arriba, hacia el paseo de la Bonanova, donde había más poder adquisitivo. Yo llevaba una maleta con los productos alimenticios que se comercializaban -té, especias, quesos, güisqui, mostaza francesa...- pues se trataba de introducir marcas de alimentación poco conocidas en España. Barcelona ha sido mi escuela ética y profesional en este oficio... Si eras vendedor, tenías que aprender lo que la calle tenía que enseñarte. Yo era muy tenaz, porque hay un dicho en el oficio que dice: A mayor número de visitas mayor probabilidad de venta... Iba a las tiendas de alimentación de los barrios y a los restaurantes con mi maleta, donde llevaba las muestras de los productos, los listados con los precios y los albaranes, etc. Era una empresa de Albacete y se llamaba José Valeriano González, S.A.: la mayor empresa exportadora de ajos y azafrán de España. Los almacenes estaban en el Turó Park -distrito de Sarrià y San Gervasi-, allí tenían los productos y las oficinas. Pero en Albacete también tenían industria, allí hacían la manufactura de las bolsitas del té...

Se nombre aquí a la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE), una institución académica privada de educación superior, que actualmente pertenece a la Universidad Ramón Llull, y que incluye una Escuela de Negocios y una Facultad Universitaria de Derecho.[4]

Entonces, ¿ese fue tu trabajo definitivo?
  • No, allí estuve unos dos años, pero quise probar otra cosa y, sin dejar definitivamente la empresa de alimentación, me fui a una agencia inmobiliaria, donde vendían terrenos, pisos y todo eso en las mejores zonas de Cataluña: Playa de Aro, Lloret de Mar, Cambrils, Reus, etc. Esta empresa inmobiliaria estaba en la calle Muntaner 270, tercera planta: allí me dieron un despacho, cuando tenía yo sobre veintiún años... Entonces la gente tenía dinero y quería invertir, había mucho afán por comprar. Trabajábamos a comisión -un dos o tres por ciento de la operación-, sin sueldo base, pero había meses en que me sacaba cincuenta, sesenta y setenta mil pesetas. En cierta ocasión llegué a vender una parcela por la noche, a la luz de los faros del coche. Esto fue mediados los años sesenta... Todas las mañanas llegábamos a las oficinas y allí despachábamos con el encargado, que nos daba los listados de la gente interesada en informarse. Claro, entonces se trabajaba así. La empresa insertaba un anuncio en el periódico sobre un terreno, finca, solar o lo que fuera, indicando una dirección para más información. Los interesados enviaban una cartita solicitando la información y esa carta es la que nos daban a nosotros, para concertar una visita con el presunto comprador. Cada día nos daban varias de estas cartas, porque no podíamos ir a ciegas... En esa época gané mucho dinero, porque el sector estaba en auge, y de haberme quedado en la inmobiliaria hoy sería probablemente multimillonario. Pero ya te digo, aunque se ganaba dinero yo no quería quedarme allí y como tenía mucha amistad con el hijo del contable de la empresa de alimentación de que te hablaba, pues volví a la empresa, porque pensaba que la cosa alimentaria nunca fallaría... Por eso fue de retornar a la alimentación; entonces tenía yo una “Lambretta” y con ella me desplazaba a todas partes. Con esta moto viene varias veces a Los Santos a ver a mis padres, con una maleta detrás. Una de estas veces, al llegar a Castellón vi un cartel anunciando Teruel a ciento y pico de kilómetros. Yo sabía que tenía que bajar hasta Sagunto y luego coger la de Teruel; pero como tenía tantas ganas de llegar tomé esta carretera. Antes de meterme, no obstante, pregunté a un guardia si estaba asfaltada hasta Teruel y me dijo que sí. Así que me metí... Pero a los 30 kilómetros se acabó el asfalto y comenzó la pista de tierra, puedes imaginarte el viaje que tuve. Total que de tantas piedras y baches que había, como aquella moto era dura de suspensión, se soltó el amarre del portamaletas y tuve que continuar con la maleta atada a la espalda... El viaje fue fatal, pero la ilusión de ver a mis padres superaba todas las penalidades.

¿Cómo fue el regreso a la empresa de alimentación?
  • Pues fue muy bien, porque yo estaba más seguro de lo que quería hacer y estaba más maduro como persona y como profesional; de hecho a partir de entonces yo ya hacía operaciones millonarias. Y a los dos o tres años de estar allí, el hijo pequeño de la familia me propuso marcharme a las Baleares, para abrir una sucursal en Mallorca. El caso es que la empresa ya tenía allí un representante, pero vendía muy poco en relación con el mercado existente. Por eso fue de enviarme a mí, para abrir un almacén con mercancía física en la isla, con una administrativa en la oficina, vendedores y repartidores. Inicialmente fuimos cuatro vendedores y nos repartimos la isla: yo me ocupaba de Ibiza y de la parte occidental de Mallorca. Otros dos se repartieron la otra mitad de Mallorca y un cuarto hacía Menorca. Así empezamos a funcionar... Entonces era un momento idóneo para expandirse comercialmente por las islas, había muchas posibilidades para todo, y el que quería trabajar no le faltaba trabajo. Yo entonces tendría sobre 23 años, y ya me fui con coche, un Seat 600 que me había comprado –B 526.347-: me costó ochenta y tres mil pesetas, que pagué por anticipado en una oficina del Banesto que había en la Travesera de Gracia. Al cabo de once meses me lo dieron... Bueno, yo me marché a Baleares con la intención de hacer una temporada y ver cómo me iba, porque me gustaba conocer lugares nuevos y cambiar de aires. Pero con la idea de volver, pues la parte de Barcelona que yo tenía asignada era la mejor para los productos de importación que comercializaba mi empresa. No, entonces yo estaba todavía soltero, tenía amigas, pero no salía formalmente con ninguna... Para mí, lo primero era el trabajo. De Barcelona a Mallorca fui en un barco de la Transmediterránea que me pagó la empresa. Yo llevaba una maleta con mis cosas personales y otra con el material de trabajo, folletos y demás. Después de instalarme, lo primero que hice fue ponerme en contacto con un administrador de fincas, para alquilar unas naves en nombre de mi empresa. Ese fue el comienzo de la delegación en Mallorca. Enseguida comenzaron a llegar los productos de Barcelona o de Albacete, pues el té creo recordar que lo mandaban directamente de Albacete. Al mismo tiempo busqué gente para que colaborara conmigo en la venta... Yo le puse mucho entusiasmo al trabajo y pronto conseguimos hacer clientes en todas las cadenas hoteleras de la isla: el producto estrella era el té.


¿Cómo evolucionaron las cosas en Mallorca?
  • Pues muy bien... Ya te digo que pronto conseguimos hacernos con un mercado en las islas, ya que nuestros productos eran de alta calidad y muy apreciados. Yo salí de Barcelona con un sueldo mensual de 4.500 pesetas, más 250 pesetas diarias como dieta más un 3% de comisión de todo lo que vendía. Con la dieta pagaba la pensión donde me hospedaba –125 pesetas diarias- y aún me sobraba dinero; el resto, esto es, el sueldo base y la comisión lo ahorraba. Ello me suponía unas cincuenta mil pesetas mensuales, lo que era un buen sueldo, mejor que el de muchos profesionales. Ello fue la causa de envidias en la central de Barcelona, pues el jefe de ventas no ganaba más de veinticinco mil pesetas... El resultado de aquello fue que noté una pérdida de confianza en la empresa y como yo no sabía trabajar sin la confianza de los jefes, pues me marché. Sí, se lo dije claramente y me marche, estableciéndome por mi cuenta...


Podría decirse que, a partir de ese momento, al hacerte autónomo, comenzó una nueva fase de tu vida profesional.
  • Sí, así fue... Claro, yo no comenzaba de cero, pues conocía muy bien el mercado en Mallorca, estaba muy bien relacionado y tenía muchos contactos. Lo primero que hice fue ir a Londres, a ponerme en contacto con la segunda marca más conocida de té que había entonces. La primera era Brooke Bond P.G. y la segunda Typhoo Tea, propiedad de Cadbury Schweppes. Mi propósito era solicitarles me dieran la distribución de su producto para Mallorca. Claro, yo era buen conocedor del mercado en las islas y estas eran mis credenciales... No, yo no sabía inglés, pero lo chapurreaba un poco, lo suficiente para entenderme en asuntos de mi trabajo. Me presenté a ellos directamente en la sede central, aquello era como entrar en un ministerio... Hablé con ellos y me dijeron que ya tenían un distribuidor para España, que me pusiera en contacto con él, que estaba en Vilasar de Mar en Barcelona. Se trataba de la empresa "Barrosan", propiedad de Eloy Barros Sanmillán y de Daniel Sánchez Simón; posteriormente, el primero vendió su parte de negocio al segundo, que era el padre de los hermanos José y Daniel. Bueno, esta empresa ya tenía un distribuidor de Typhoo para Mallorca, aunque vendía muy poco. Resumiendo, los importadores y distribuidores de esta marca en España estaban en Vilasar y eran los hermanos José y Daniel Sánchez Libre, el primero era un político de CiU y el segundo presidente del Español. Me presenté a ellos y les dije quién era yo y que era capaz de vender la Biblia en verso..., esto es, que era un buen vendedor. Ellos me dijeron que habría que verlo... El caso es que el primer envío de mercancía que me hicieron a Mallorca tuve que pagárselo por anticipado, porque como no me conocían tampoco podían fiarse de mí... Les hice una transferencia por doscientas mil pesetas y enseguida me llegó el producto. El caso fue que en la primera semana vendí más té que el vendedor que tenían en un año. Desde ese momento que nuestra relación continuó e hicimos mucha amistad, pues su padre los enviaba de vez en cuando a Mallorca, para que aprendieran conmigo esta faceta del negocio y mi sistema de venta. Hasta tal punto hicimos amistad que estuve en la boda de ambos... Desde que me establecí por mi cuenta empecé con el té, pero antes del Typhoo yo vendía otras marcas de infusión, además de varios productos alimenticios, especias y bebidas. Por ejemplo, había una empresa de Madrid llamada Compañía Hispana que distribuía productos muy elitistas, como el güisqui Watts 69, que venía en una botella de diseño muy peculiar, etc. Tenía multitud de clientes y podía servirles muchos productos distintos y de gran calidad. Todo fue que con aquel té y los demás productos yo alcancé el máximo en mi profesión... Bueno, ya te digo que vendía mucho, pero llegó un momento que la delegación de Typhoo en Madrid me quitó la distribución, pues la tenía de palabra. De pronto me vi sin el té y con una gran cartera de clientes a los que no podía servir. Para poder atenderles estuve vendiendo otras marcas, pero con la idea de hacer la mía propia, para dejar de depender de los demás. Claro, esto es algo muy laborioso, lo primero era acudir a una casa que se dedicara al registro de marcas y patentes. Yo les mandé varios nombres pero todos me venían rechazados, alegando que tenían parecido con tal o cual otra marca existente. Hasta que encontré el nombre adecuado -Tewhis- combinando té con whisky, como si se tratara de un carajillo, basado en café y coñac. Mi marca es muy popular en Alicante y Murcia-: yo importaba containeres de té de Ceilán, lo envasaba y distribuía, para lo cual me compré una compleja máquina envasadora. Después había que preparar el diseño de los envases, hacer la publicidad, etc. Compré también una nave para el negocio, y todo esto lo simultaneaba con la venta de otros productos de alimentación que ya comercializaba, y abrí una delegación en Ibiza, donde tenía un empleado para la distribución. De esta forma, con cuatro empleados llegué a facturar alrededor de 150 millones de pesetas anuales. y este fue el momento de máxima expansión de mi negocio. En distintas épocas me traje a Mallorca algunos chicos de Los Santos, con la intención de sacarlos de la aldea y proporcionarles un trabajo; incluso los tuve en casa, les mantuve y di dinero, pero no dieron resultado. En otro momento me traje a uno de Ademuz, que tampoco resultó para el negocio pero que ahora es subdirector de un importante hotel de lujo. ¿Quieres creerte que pese a lo mucho que les ayudé nunca he vuelto a saber de ellos? ¡Nunca me han llamado para darme las gracias ni para interesarse por mi!  En este punto se complicó mi vida con asuntos personales...

Se nombra aquí a la empresa Cadbury Schweppes, una famosa empresa multinacional de alimentación.[5] En relación con esta célebre empresa, merece la pena decir que el actual alcalde de Torrebaja –don Octavio Gómez Luis (Torrebaja, 1946)- estuvo trabajando como ayudante de jardinero en la mansión que mister Peter Cadbury poseía en Ascot, una elegante ciudad al oeste de Londres.[6] Asimismo, se menciona a Josep Sánchez i Llibre (Vilassar de Mar, 1949), político y economista catalán y a su hermano Daniel (Vilassar de Mar, 1950), empresario catalán que fue presidente del RCD Español.[7]-[8] El entrevistado tomó contacto con la empresa de su padre, para hacerse con la distribución del té Typhoo en Baleares, cosa que consiguió. Dejamos en este punto el tema profesional y laboral de nuestro entrevistado, para pasar a otros aspectos de su vida.

Logotipo de Tewhis, s.a., marca comercial creada por el señor Ramón Mañas Aguilar en Palma de Mallorca.
El presidente del Gobierno de España -Leopoldo Calvo Sotelo- y el presidente de la Generalidad de Cataluña -Jordi Pujol- en la Feria de Muestras de Barcelona, con el nombre del señor Ramón Mañas Aguilar en un stand, ca.1981-82.
Bien, y de tu vida personal y familiar, ¿qué puedes contarme?
  • En cuanto a mi vida personal, puedo decirte que tuve muchas amigas y algunas medio-novias... Con una de Los Santos, a la que conocía desde niño, hubiera podido casarme, porque ya tuvimos relación familiar; pero la cosa no cuajó. A mi primera mujer la conocí en Barcelona, durante una sesión de trabajo en la empresa, pues ella estaba en la sección de relaciones internacionales, lo que era la importación y exportación. Y estando en Mallorca, durante uno de los viajes que hacía a Barcelona por cuestión de trabajo, pues la conocí... Sí, resulta que habíamos tenido una reunión y después nos invitaron a tomar algo, y se hizo muy tarde. Entonces el jefe de personal me pidió acompañara a aquella chica hasta una zona de Barcelona que llaman La Verneda; la acompañé y al día siguiente quedamos... Ella era nacida en Argel, pero de padres españoles... Total, que la relación continuó y de cara a casarnos ella se pidió el traslado a Mallorca, donde yo estaba. Nos casamos en la iglesia de San Marcos en Los Santos, el cura que nos casó fue don Jesús –se refiere a don Jesús Calvo Martínez (Torrebaja, 1903)-. Una vez casados nos pusimos a vivir en un piso alquilado y luego compramos una casa en una zona residencial de Mallorca –en Costa d´en Blanes (Calviá)-, y todo fue muy bien hasta que su madre vino a vivir con nosotros. Ella le dio tantas alas a su madre que mi suegra acabó haciéndose la dueña de la casa, eso pasó... Y conforme nuestro nivel de vida creció, pues las relaciones entre nosotros empeoraron. Sólo te diré que cuando daban un partido de fútbol por la tele me tenía que bajar a algún bar del barrio para verlo... Pero lo que colmó el vaso fue lo de mi madre. Bueno, mi padre ya había fallecido, le dio un infarto estando en el campo y entre que le subieron al pueblo y vino el médico, falleció. Mi madre se quedó sola y yo quise llevármela a Palma, pero de ninguna manera quería salir ella de su casa, pues era una mujer de pueblo y estaba muy arraigada a la tierra. Pero llegó un momento en que se hizo mayor y ya no podía estar sola, pues se le fue algo la cabeza... Te diré que mi madre era la hija mayor de varios hermanos y su padre, mi abuelo Ramón Aguilar Blasco, que era de Ademuz, se portó muy mal con ellos: con su mujer, mi abuela, que dicen eran una santa y con sus hijos. Durante la guerra había sido miliciano... Sí, maltrataba a su familia y según contaba, siendo ella de apenas 14 años, le arreaba cada zurriagazo de miedo, porque no podía cargar los mulos, ya que le exigía como si fuera una persona mayor. Sus hermanos, aborrecidos, se marcharon a Barcelona, pero mi madre tuvo que quedarse con mi abuelo... Sí, mi madre contaba barbaridades de él, cosas que me estremecían, como que tenía en un cuarto bajo llave todo lo de la matanza, el frito, los jamones y lo demás del cerdo, todo era para él, sólo para él: ninguno de la familia probaba nada del cerdo, sólo él... Sí, claro, yo todavía conocí a mi abuelo, recuerdo que le tenía terror... A veces me quería atraer con una rodaja de jamón, mientras con la otra mano pretendía sujetarme, pero yo me zafaba corriendo...
Boda de un primo del señor Ramón Mañas Aguilar (primero por la derecha, arrodillado) en Zaragoza, con los recién casados rodeados de varios vecinos y amigos de Torrebaja (Valencia).


¿Qué me querías decir de tu madre?
  • Sí, todo fue que llegó el momento en que mi madre ya no podía estar sola en el pueblo y tuve que traérmela a Palma y habilitarle una habitación en mi casa -antes había intentado que estuviese en una residencia en Landete (Cuenca), pero aquello no le probaba-. Cuál no sería mi sorpresa cuando mi mujer y mi suegra no me la dejaron tener en mi propia casa. Yo tuve que aguantar a mi suegra, que me hizo la vida imposible durante años, y luego no pude tener a mi madre... Claro, mi madre era mi madre y tenía que caber en mi casa: esa fue la causa principal de que nuestro matrimonio comenzara a resquebrajarse. Mi madre estuvo sólo una noche en mi casa y tuve que llevármela a una residencia. Eso me supuso una enfermedad, porque perdí las ganas de seguir trabajando, hasta el punto de tener que vender el negocio... Durante un año estuve con depresión, pero poco a poco me fui encarrilando de nuevo, porque tenía mucha voluntad y amistades que me estimulaban. Claro, yo tenía mucho patrimonio y la separación que tuve que forzar para casarme con mi actual mujer -una chica mallorquina estupenda y de buena familia-, me costó todo el dinero efectivo que poseía, quedándome con los almacenes, las deudas y demás. Todo aquello fue terrible, lo peor que me ha sucedido en la vida, además de la muerte de mis padres...
 

Para terminar, ¿has tenido hijos?
  • Sí, de mi primera mujer tuve tres hijas preciosas –Silvia (1970), Cristina (1972) y Sandra (1974)-, a las que quiero mucho y de las que estoy muy orgulloso, pues han sido muy buenas chicas y muy inteligentes, realmente brillantes. Estudiaron el bachiller en Mallorca pero los estudios universitarios los hicieron en Estados Unidos, licenciándose con muy buenas notas... Silvia fue la séptima de su promoción, estudió ingeniería en telecomunicaciones y la llamaron de una planta de Coca Cola en Atlanta para trabajar en un programa informático. Luego se casó con un chico americano, hijo de una familia fabricantes de maquinaria agrícola en Carolina del Sur, donde vive con su marido y sus dos hijos. Cristina estudió económicas y también está casada; vive con su marido y una niña que tienen en Inglaterra. Sandra estudió igualmente económicas y está en Mallorca, asimismo casada con un chico estupendo, hijo de unos empresarios que fabrican maquinaria para la construcción y la agricultura, y tiene dos niñas. Sandra se dedica a la fotografía, retratando eventos sociales de gente famosa, bodas y eso, y le va muy bien... No, de mi segunda mujer no tengo hijos.


Ramón, ¿quieres pronunciarte en temas ideológicos o de creencias?
  • Bueno, no tengo inconveniente... Soy del Partido Popular (PP) y voto a la derecha, y en cuestiones religiosas, soy católico, aunque poco practicante.

El señor Ramón Mañas Aguilar (Los Santos-Castielfabib, 1946), después de la entrevista, sentado en un banco de la plaza del Ayuntamiento de Torrebaja (Valencia).

A modo de conclusión.
La vida del señor Ramón Mañas Aguilar constituye el paradigma de tantos naturales del Rincón de Ademuz que tuvieron que salir de aquí a buscar otros horizontes para su vida. Hijo de un sencillo sastre y de una buena mujer de Los Santos (Castielfabib), le hemos visto sufrir de muy niño un accidente que pudo haber sido grave, siempre ayudando en casa, llevando a los clientes la faena que cosía su padre y haciendo mandados para su madre.
Fue a la escuela del pueblo, donde tuvo la suerte de conocer a don Bernardo-Manuel Pérez Gimeno (1919-2012), su maestro inolvidable recientemente fallecido, al que muchos años después tuvo la posibilidad de homenajear, junto con los compañeros de su clase... Le hemos visto en la serrería del lugar clavando cajones de manzanas para ganar algún dinero: con sus ahorros se compró un reloj de pulsera, y luego una acordeón... A los 15 años fue a Teruel, siendo esta la primera vez que salió de su aldea. Aprendió a tocar el instrumento con un músico de Torrebaja y solfeo con el padre Pinazo (1901-73), un sacerdote paúl que había regentado una parroquia en el distrito del Bronx de Nueva York, adonde regresó y donde falleció después de su estancia en Torrebaja y Vallanca (Valencia). Cogió manzanas, replegó espliego y realizó cuantas faenas requerían los campos de sus padres, hasta que marchó a Barcelona.

En la gran ciudad tuvo varios oficios, hallando su camino como vendedor de productos de alimentación e inmobiliarios. Como era habitual entonces, se compro una “Lambretta” y luego un Seat 600, el vehículo estrella de los trabajadores españoles en los años sesenta. Luego marchó a Baleares, donde montó una sucursal para la empresa que trabajaba, y fue un gran vendedor, lo que le llevó a establecerse por su cuenta y crear su propia marca de té. Afortunado en los negocios, no tanto en el amor, al menos inicialmente, tuvo tres hijas de las que se siente muy orgulloso y que le han dado cinco nietos. 


En suma: el señor Ramón se reconoce una persona de palabra, amigo de sus amigos, puntual, detallista y trabajador. Además de sensible, vitalista y muy locuaz. Hijo orgulloso de esta tierra humilde, cuando no desamparada, cuya presencia lleva enraizada en lo más hondo de su corazón, pues, además de esconder los más gratos recuerdos de su infancia, constituye para él un lugar santificado; no en vano contiene los venerables huesos de sus muertos. Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



[1] Puntualizando el hecho, aunque carece de importancia, el señor Ramón me hace saber a posteriori que él a mí sí me conocía, pues había asistido a la presentación que yo hice en la Casa de Cultura de Ademuz de un libro de poemas de Ricardo Fombuena Vidal -Mis huellas por el Rincón de Ademuz (Valencia, 2008)-, editado por el Ayuntamiento de Ademuz.
[2] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Luis Gómez Martínez, la persistencia de la memoria, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2009, vol. III, pp. 201-207.
[3] Sant Gervasi de Cassoles. (2012, 25 de mayo). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 15:25, agosto 13, 2012 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Sant_Gervasi_de_Cassoles&oldid=56471658.
[4] Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas. (2012, 26 de junio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 15:38, agosto 13, 2012 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Escuela_Superior_de_Administraci%C3%B3n_y_Direcci%C3%B3n_de_Empresas&oldid=57320570.
[5] Cadbury plc. (2012, 11 de agosto). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 15:58, agosto 13, 2012 desde http://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Cadbury_plc&oldid=58740009.
[6] SÁNCHEZ GARZÓN, Alfredo. Don Octavio Gómez Luis, alcalde de Torrebaja (Valencia), en: http://sanchezgarzonalfredo.blogspot.com.es/2012/02/don-octavio-gomez-luis-alcalde-de.html, del martes 28 de febrero de 2012.
[7] Josep Sánchez i Llibre. (2012, 27 de març). Viquipèdia, l'Enciclopèdia Lliure. Data de consulta: 11:14, març 27, 2012 de //ca.wikipedia.org/w/index.php?title=Josep_S%C3%A1nchez_i_Llibre&oldid=9220014.
[8] Daniel Sánchez Llibre. (2012, 24 de març). Viquipèdia, l'Enciclopèdia Lliure. Data de consulta: 12:51, març 24, 2012 de //ca.wikipedia.org/w/index.php?title=Daniel_S%C3%A1nchez_Llibre&oldid=9171756.

Iglesia de San Marcos en la aldea de Los Santos-Castielfabib (Valencia), con detalle de la imagen del santo durante la celebración del patrón (2012).
Feligreses durante la celebración de la misa de San Marcos en la aldea de Los Santos-Castielfabib (Valencia), 2012.
Detalle de la imagen de san Marcos sobre sus andas durante la procesión por las calles de la aldea de Los Santos-Castielfabib (Valencia), 2012.