martes, 4 de diciembre de 2012

RUFO ANTÓN HERNÁNDEZ, LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA (y II)

Recuerdos –evocaciones y remembranzas- de un cartero rural
en el Rincón de Ademuz


  • <En invierno, cuando llegaba al Val todavía era de noche, y tenía que ayudarme de un mechero para ver las direcciones... Entonces había (en la aldea) quince o veinte vecinos. No, no tenía problema, porque a mucha gente la conocía ya, sobre todo a los de mi edad, de haberlos visto por Ademuz, o de tratarlos en las fiestas; y si no sabía, preguntaba… Del Val de la Sabina me encaminaba hacia Mas del Olmo, subiendo por el camino viejo de herradura...; no, entonces no había carretera. Aquel camino iba por detrás del cementerio del Val, y desde allí ya comenzaba a subir por la ladera, toda la solana arriba, hasta el corral del Portillo, que está en el alto. Y de allí tiraba hacia Mas del Olmo, que estaba a unos ocho kilómetros desde el Val, dos horas de camino. Yo no seguía las curvas del sendero, no; siempre acortaba monte a través... Sí, tenía mi propio atajo. En Mas del Olmo me encontraba con otro cartero -el enlace que venía de la Puebla de San Miguel-: él tenía que repartir en Mas del Olmo y en la Puebla. Yo le daba las cartas que traía de Ademuz y él me entregaba lo de la Puebla; lo de Mas del Olmo lo recogía yo directamente del buzón, pues tenía llave: allí había otros tantos vecinos, como en el Val>.
El señor Rufo Antón Hernández (Ademuz, 1926), 2008.


La conversación deriva hacia el tema escolar en las aldeas y los niños que bajaban a Ademuz, según lo que él recuerda de entonces:
  • <En aquella época ya no habían maestros en las aldeas, ni en la Puebla... Sí, niños había, pero iban al colegio o al instituto de Ademuz: el lunes los bajaban los padres, y allí pasaban la semana, durmiendo y comiendo en Ademuz; y el viernes por la tarde se subían... Hay unos muchachos en Teruel -los Sierras, les llaman-, que se dedican a la madera, pues esos bajaban de Mas del Olmo, tres o cuatro muchachos y una muchacha. El viernes por la tarde, sus padres me daban el burro para que se les bajara, y cuando llegaba donde el Molino Nuevo, lo dejaba allí atado en la reja: entonces todavía vivían allí los molineros, aunque ya no molían. Los muchachos salían del colegio, cogían el animal, metían en el serón lo que llevaban y se subían a la aldea con sus padres. Claro, todos no montarían a la vez, se irían turnando... Y de la Puebla también bajaban seis o siete muchachos: Ignacio Azcutia, el padre de Eva –se refiere a doña Eva Mª Azcutia Marqués, actual alcaldesa de Puebla de San Miguel-, bajaba a dos de ellos. También bajaba el hijo de Pepe -el cartero de allí- y un sobrino; y una muchacha que se hizo enfermera y luego casó con un médico: ahora están en Cuenca. Por aquella época venían muchos chicos y chicas al instituto de Ademuz incluso de Chelva y otros pueblos de La Serranía, también de Alobras y Veguillas de la Sierra, de El Cuervo y Libros, que son pueblos de Teruel. Y de Val de la Sabina también bajaban, los hijos de la Pepita, y de Gabino...>.

            El señor Rufo sigue evocando el trayecto que diariamente hacía en su ruta como cartero por las aldeas de Ademuz:
  • <De Mas del Olmo me pasaba a Sesga..., normalmente bajaba por la rambla hasta el molino de Los Cuchillos, y allí cogía el camino de la aldea; en total desde Mas del Olmo había otras dos horas. Subiendo por el barranco, pensaba yo: Algún día sale por aquí una culebra y se me come... -porque por allí no pasaba nadie, más que yo-. No, nunca me salió ninguna... Por algunos trechos, para ir mejor, cortaba las aliagas del sendero, así el camino quedaba libre. Cuando venía el ingeniero y veía las matas cortadas preguntaba la causa, y el forestal le decía: Las aliagas las corta el cartero..., para no pincharse. No, yo no he conocido funcionar el molino de Los Cuchillos; pero entonces casi todo aquello estaba labrado, por los de Ademuz, Sesga y la Puebla... En Sesga había un hombre que cultivaba unos huertecicos por allí -tío Domingo, le decían- que bajaba todos los sábados a Ademuz, para comprar pan y lo que le hacía falta, y a afeitarse en la barbería de Modesto el Alguacil, que estaba en la plaza del Rabal: donde han puesto la taberna esa que hay ahora..>.
Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.
Detalle del buzón de correos de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.
  • <Cuando llegaba a Sesga repartía el correo –entonces había seis u ocho vecinos, menos que en el Val-; cogía lo que había en el buzón y me bajaba para Ademuz. De Sesga recuerdo a Fermín, el pastor -se refiere al señor Fermín Luz Yuste (Sesga, 1927)- y a su mujer, Presentación, que falleció hace poco. A Juanito, a Antonio, uno que se bajó al Puerto de Sagunto, allí vende iguales... A Urbana y Bienvenido, a Herminio, que era mozo viejo... De Sesga me bajaba hacia Ademuz por el camino antiguo, a parar al Val; otras veces iba por Los Planos de Sesga, bajando por la umbría del Villar, camino de la fuente la Canaleja, entonces el molino de Los Cuchillos quedaba a la derecha. Este camino era como ir monte a través, aunque había una miaja de senda..., la que yo hacía, claro. El mejor camino era el viejo, pero el de la Canaleja era más corto, aunque después tenía que ir saltando por las piedras de la rambla, vadeándola, porque entonces bajaba bastante más agua que ahora. De Sesga a Ademuz había dos horas más de marcha…>.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), con detalle de la parroquial -Santa Bárbara-, en lo alto (2011).


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.



Cuando llegaba a Ademuz tenía que realizar los encargos que le habían hecho los aldeanos:
  • <Como le decía, a Ademuz llegaba sobre las tres y media o cuatro de la tarde, según lo que me entretenía. Todo el mundo me conocía y la gente me daba mucha conversación, pues los de las aldeas eran gente habladora; y me hacían algún encargo. Muchas veces me daban las cajas o cartones de los medicamentos, para que el médico me hiciera la receta... Mi mujer iba al consultorio, cogía la receta y luego iba a la farmacia para comprarlos. Otras veces me encargaban un pollo, carne, pescadillas congeladas, esto y lo otro... Claro, siempre me daban alguna propina, unos más que otros, pero todos algo. Entonces no había carretera y la gente no bajaba como ahora, sobre todo las personas mayores. Cuando hicieron las pistas y llegaron los tractores la gente bajaba más, entonces me encomendaban menos cosas>.
  • <No, los médicos tampoco subían como ahora, la gente tenía que bajar aquí a Ademuz y sólo en casos muy graves subía el doctor; pero cuando subía ya se sabía que el paciente estaba mal, tanto que se moría... Don Manuel, el médico -se refiere a don Manuel Antón Blasco- subía por Riodeva, por allí había un carril hasta Mas del Olmo; o por Santa Cruz de Moya (Cuenca), vía Aras de Alpuente (Valencia) y Losilla (Teruel) hasta Puebla de San Miguel, pasando por La Hoya de la Carrasca, donde está la ermita de Santa Quiteria. Una mañana, cuando ya estaba el carril –que no era más que un camino de tierra sin asfaltar-, me encontré con don Manuel Antón, que iba a la Puebla y me montó en su coche: se iba de madrugada, antes que deshelara, y luego se volvía por Aras (de los Olmos) y Santa Cruz (de Moya). No, a don Manuel no le venía bien subir a la Puebla..., ni a ninguno. Otras veces me encontraba por las aldeas a la Guardia Civil, que subía una vez al mes; al verme me paraban y me hacían firmar, conforme habían estado por allá arriba, y ponían: “El cartero” -y yo firmaba debajo->.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.


Vista parcial del caserío de Mas del Olmo-Ademuz (Valencia), 2011.

            Ir a Puebla de San Miguel, vía Santa Cruz de Moya (Cuenca), Aras de los Olmos (Valencia) y Losilla (Teruel), pasando por Hoya de la Carrasca, donde se halla la ermita de Santa Quiteria,[1] supone un fenomenal recorrido por infames carreteras. El señor Rufo sigue diciendo:
  • <Cuando abrieron el carril me hice con una moto de 49 cc, y así subía; pero eso fue ya al final. La denominación de mi trabajo era “Enlace Rural a Caballo” y no podía decir que utilizaba ningún vehículo, porque si no me acortaban la paga... Alguna vez subía con una caballería, esto cuando tenía que cargar mucho peso; pero el macho que yo tenía era “romo”, y estos machos no son buenos para los caminos, pues se echan a perder y luego no labran bien. Para andar por los caminos son mejores los “yeguatos”, que andan como los burros. De todas formas, la cabalgadura la utilizaba mayormente en verano, pues en invierno, montado, pasaba más frío>.

            Resulta curiosa la apreciación del señor Rufo, conforme los machos “yeguatos” son más adecuados para los caminos que los “romos”… Al respecto, cabe decir que los machos “romos” son caballerías producto del cruce de caballo y burra; mientras que los “yeguatos” son hijos de yegua y burro: ambos son infecundos, no pueden reproducirse. Los más apreciados para labrar eran los “romos”, por su nobleza y docilidad; mientras que los “yeguatos” eran menos valorados, por impredecibles. Según la edad, a dichos animales se les llamaba “añojos”, hasta el año; “quincenos”, hasta los quince meses y “treintenos”, hasta los treinta. A partir de los tres años cambiaban la dentadura y ya era muy difícil averiguar su edad; sólo los tratantes expertos la podían establecer con alguna aproximación, basándose en su aspecto, pelaje y otros detalles de actitud y comportamiento. 


Vista general del caserío de Puebla de San Miguel (Valencia), desde la carretera de Losilla (Teruel) [Fotografía tomada de Wikipedia, La enciclopedia libre].
 


De su actividad diaria, sigue diciendo:
  • <Los domingos y festivos que no tenía que subir a las aldeas me trabajaba la tierra; sí, la poca que yo tenía. Y también al verano, porque entonces los días son más largos. Cuando me subía a las aldeas, como almuerzo me llevaba un bocadillo y algo de fruta, manzanas o lo que había del tiempo y almorzaba en Mas del Olmo, en casa de Marco –se refiere al señor Marco Yuste Novella (Mas del Olmo, 1938)-, el pedáneo, o en la de la Inés: muchas veces me daban allí un vasito de vino, o café. Pero comer siempre comía en mi casa, porque llegaba sobre las tres o las cuatro de la tarde, según...>.



Las condiciones atmosféricas fueron los peores enemigos del señor Rufo:
  • <Sí, había días que hacía mucho frío, por eso cuando repartía las cartas (los vecinos) me hacían pasar a las casas: ¡Pasa, Rufo, pasa, que hemos hecho café...! -y me tomaba una taza con un chorro de coñac-. Claro que he pasado frío en invierno. A veces salía nevando de Mas del Olmo y cuando cogía la cuesta del Val ya era agua. Otras veces salía de Ademuz y veía El Cerrellar pintando nieve y me iba, pero cuando llegaba al corral del Portillo, ya en el alto, la nieve alcanzaba dos palmos..., eso me pasó más de una vez. Lloviendo era obligado ir, pero no con nieve, porque con la nieve todo se iguala y se pierden los caminos. Para caminar llevaba unas botas que nos daban, pero al principio de ir me las compraba yo. Más que nada por el peligro de picaduras o mordeduras de víboras que hay por el monte. Nunca me ocurrió ningún percance grave; pero una vez, yendo por la umbría del Villar, tropiezo y me caigo. Y gracias, porque unos metros más abajo había un peñascal; si caigo por allí no me encuentran. Otra vez me caí con la moto, pero no me pasó nada. Vaya, entonces sólo había teléfono en la Puebla, pero no en Mas del Olmo, ni en Sesga ni en el Val...>
  • <Al principio –ya le digo- todo eran caminos de herradura, pero luego hicieron la pista que sube a Mas del Olmo y Puebla de San Miguel: era la misma que hay hoy día, pero sin asfaltar. Cuando llovía se formaban rodales de greda en los que era fácil patinar y caerse: por allí no pasaban ni los gatos... Para la lluvia llevaba un impermeable, y a veces también un paraguas. Una vez, subiendo a Mas del Olmo me pilló un chaparrón a modo de tormenta, y me metí bajo unas sabinas que hay junto al camino; tanto llovía que no podía salir: tuve allí la “mobileta” varios días parada, porque de tanto barro como había no podía llevarla a la aldea ni bajármela a Ademuz. Otra vez me pasó algo parecido por El Cerrellar, yendo con Vicente el forestal –que era de Puebla de San Miguel y tenía una moto de estas grandes de montaña-: al llegar a la altura de una finca grande de almendros, propiedad de don Manuel Antón, creyendo que podía pasar se metió y atascó, así que tuvimos que bajar y pasar como pudimos, y limpiar luego las ruedas, porque la moto no iba de tanto barro>.
  • <La gente de Ademuz, que trabajaba por la zona donde yo solía pasar, también me encargaba cosas; especialmente comida, pues algunos estaban varios días labrando. Los últimos años, cuando se jubiló el cartero de la Puebla, Pepe, que era mi enlace, entonces tenía yo que repartir el correo en Mas del Olmo y subir hasta la Puebla, repartir allí y recoger: entonces hacía todo el recorrido, pero ya tenía la moto. Aunque más de una vez pinché o se estropeaba, y tenía que dejarla allí varios días, averiada. Entonces debía subir a arreglarla, o me bajaba alguien, como una vez en que Ramón Luz, el de Sesga, nos bajó a mí y a la moto hasta Ademuz; otra vez me bajé con Vicente el Pintor, que tenía colmenas por allí. Peripecias de estas me ocurrieron muchas..., también me pillaron muchas tormentas y lluvias. Pero lo peor era el frío... Más tarde, a los carteros de Ademuz, Castiel y Torrebaja nos cambiaron el nombre del puesto de trabajo, que de “cartero rural de enlace a caballo” pasó a llamarse “cartero de clasificación y reparto”, y nos pagaban algo más; bueno...>.


Entrada al caserío de Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.
Detalle de la fachada de una casa con balcón en Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.


El aparente conformismo del señor Rufo –su resignación y entereza- se ve enaltecido por su identificación con el trabajo y su sentido de la responsabilidad:
  • <Ocurrió una vez que don Miguel, el jefe de correos de Ademuz, me dijo: Mira, Rufo, hay un telegrama urgente para Sesga, pero tú ya has hecho tu jornada de hoy..., obligación no tienen, pero es muy urgente... No me dijo la causa, sólo que era muy urgente... Pero mire, yo he sido siempre muy responsable de mi trabajo y aunque acababa de bajar de Sesga, cogí el telegrama y me volví a subir... Cuando llegué a Sesga y se lo entregué al destinatario, me enteré del contenido: era un señor de allí que había fallecido en Barcelona; y aquella misma noche se marcharon los familiares para el entierro. Si lo dejo para el día siguiente, ya hubieran llegado tarde... Otra vez, nada más empezar esto de las cartas, tuve que subir con un recado de don Antonio –se refiere a don Antonio Pérez Sesé-, el cura que había entonces en Ademuz, pues se había muerto el padre del Herminio: estaba nevando y subí con dos palmos de nieve. Primero fui a Mas del Olmo y luego a Sesga, de donde era él: Mira, de parte don Antonio, que tengo una mala noticia que darte,... tu padre se ha muerto -eso le dije-. Su padre estaba en Castellón en una residencia, donde lo había llevado don Salvador, un sacerdote hijo de Sesga -se refiere a don Salvador Pastor Pastor-, porque parece que los hijos no podían cuidarle. Entonces Herminio, nevado como estaba, bajó a Ademuz, para hablar con don Antonio...>.

            La tarde ha pasado velozmente y la habitación donde nos encontramos ha quedado medio en penumbra. Al comentarlo, Mari Luz se alza presta y levanta las persianas, cuyos ventanales recaen sobre la carretera de Vallanca. Los últimos rayos del atardecer iluminan con brillo dorado los cantiles que coronan el cerro de Horca, mientras las sombras se adueñan de la vertiente septentrional de El Sanguinar y El Trapero, unas partidas de Ademuz sobre la fuente Vieja. De esta forma damos por concluida la entrevista, pues aunque para nosotros ha sido un placer escucharle, no deseamos cansar más a nuestro interlocutor, quien termina diciendo:
  • <En el año 1991, cuando cumplí los 65 años, me jubilé..., lo recuerdo porque estando en la Exposición Universal de Sevilla (1992) ya pedí una entrada de jubilado, y me exigieron el carné. Desde entonces sólo me he dedicado al huerto y poco más. Estoy operado de ambas rodillas, debe ser de tanto andar... A veces, cuando pasaba por la carretera me encontraba con Mariano Fernández, el de la tienda, que me decía: ¡Rufo, tú no tendrás reuma, no...!. ¡Vaya, si llego a tener...! No, me lo decía en serio. Pero, fíjese si habré andado kilómetros en tantos años –cuesta arriba y cuesta abajo-, a 32 kilómetros diarios; caminando durante unas 7 horas cada jornada. Pero tengo buen recuerdo del tiempo que pasé como “cartero rural de enlace a caballo” y luego como “cartero de clasificación y reparto”, pese a los madrugones –muchos días veía salir La Chelvana para Valencia- y al frío que he pasado por esos montes. Porque lo hacía a gusto y disfrutaba con mi trabajo...>.

            El señor Rufo detiene su discurso en este punto, mientras concentra la mirada en un lugar indeterminado de sus recuerdos... Probablemente no añora las caminatas ni el frío de aquellos días, pero sí los lejanos días de su infancia y juventud, las conversaciones con los aldeanos, el silencio y los sonidos de la naturaleza, el irrecuperable tiempo pasado...

Detalle del viejo buzón de correos de Sesga-Ademuz (Valencia), 2011.


Vista parcial de Sesga-Ademuz (Valencia), ca.1960 [Fotografía cedida por Ramón Luz Pastor, alcalde pedáneo de Sesga].



Palabras finales, a modo de epílogo.
Salvo mejor criterio, el mayor interés de la entrevista reside en que documenta los pequeños detalles de una actividad escasamente conocida, como era la del entrañable cartero rural, en la forma que se vino realizando en Ademuz y Castielfabib con sus aldeas y lugares durante décadas; al menos durante casi todo el siglo XIX y primera mitad del XX.
La trascripción realizada aunque literaria en su formato- se ha hecho respetado estrictamente el espíritu de la conversación mantenida, si bien conservando palabras y expresiones singulares. Los recuerdos de infancia del señor Rufo ilustran también sobre la actividad propia de muchos niños en Ademuz y Torrebaja extensiva al conjunto comarcano- durante los años de la Guerra Civil (1936-39) y posteriores, en que cuidaban ganado o ayudaban a sus padres en las faenas agrícolas. También la de muchos mayores, que usualmente se marchaban a la siega fuera de la comarca. Por causa de la guerra y circunstancias de entonces, muchos de aquellos chicos no tuvieron posibilidad de adquirir una formación académica básica; razón por la que los padres les mandaban a las clases particulares nocturnas -cuando volvían del campo o los ganados-, para que los instruyeran los maestros locales: ello refleja la preocupación de los progenitores, porque sus hijos adquirieran una educación elemental, saber leer y escribir, las cuatro reglas y algo de urbanidad.
Como tantos otros trabajadores sin tierra o con escasas propiedades, el señor Rufo tuvo que trabajar a medias y a jornal, y padeció las consecuencias de la crisis de la agricultura del minifundio: bajos precios en los productos del campo y mezquinos jornales, razones que le impulsaron a emigrar a Francia con su familia, esposa e hija. Allí estuvieron durante casi una década. El regreso se vio motivado por causas familiares, padres ancianos e hija adolescente. La vuelta, sin embargo, parece no supuso ningún trauma aparente, pues rápidamente encontró trabajo como cartero rural para las aldeas de Ademuz.
El relato de su actividad nos instruye sobre sus andanzas por los caminos que conducen a Val de la Sabina, Mas del Olmo y Sesga, y Puebla de San Miguel, evocando trayectos y parajes, caminos y veredas, su trato y solicitud con los aldeanos y las conversaciones con la gente; la meteorología, los topónimos, la antroponimia y otras cuestiones relativas a su quehacer. Llama la atención el noble carácter del personaje, su incuestionable bondad natural, la identificación con su labor y sentido de la responsabilidad, hasta el punto de volver a subir a Sesga para llevar un telegrama muy urgente, cuando su jornada ya había concluido. Su actividad como cartero vino ejerciéndola durante dos décadas, caminando unas siete horas diarias y recorriendo una media de treinta kilómetros cada jornada. Las condiciones atmosféricas no siempre fueron propicias, hasta el punto que el frío y el calor, el viento, la lluvia y la nieve fueron sus principales enemigos.

En suma: valga el presente trabajo como reseña y en reconocimiento a la labor profesional, social y humana que ejercieron durante décadas los carteros rurales del Rincón de Ademuz, personificados en el señor Rufo y su esposa, ambos hijos de Ademuz. Vale.


© Alfredo SÁNCHEZ GARZÓN.
De la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV).



[1] SÁNCHEZ GARZÓN, A., La romería de Santa Quiteria, en Costumbres, Oficios, Fiestas y Juegos de antaño, Ababol 42 (2005) 4-12. ID., La romería de Santa Quiteria, una marcha penitencial con dimensión mundana, en: Del paisaje, alma del Rincón de Ademuz, Valencia, 2007, vol. I, pp. 333-340.

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